rincón de la chimenea donde lo había puesto agitó en su nerviosa mano un
ligerísimo junco del cual Villefort se servía para presentarse y andar con
desenvoltura, que era una de sus principales cualidades distintivas.
-¿Y ahora crees que me reconocerá la policía? -preguntó volviéndose hacia su
estupefacto hijo.
-No, señor -balbució el sustituto-. A lo menos, así lo espero.
-Encomiendo a la prudencia -prosiguió Noirtier- estos trastos que dejo aquí.
-¡Oh! Id tranquilo, padre mío -respondió Villefort.
-Ya lo creo. Oye: empiezo a comprender que en efecto puedes haberme salvado la
vida; pero, anda, que muy pronto te lo pagaré.
Villefort inclinó la cabeza.
-Creo que os engañáis, padre mío.
-¿Volverás a ver al rey?
-¿Quieres pasar a sus ojos por profeta?
-Los profetas de desgracias no son en la corte bien recibidos, padre.
-Pero a la corta o a la larga se les hace justicia. En el caso de una segunda
restauración pasarás por un gran hombre.
-¿Y qué he de decir al rey?
--"Señor, os engañan acerca del espíritu reinante en Francia, y en las ciudades
y en el ejército. El que en París llamáis el ogro de Córcega, el que se llama
todavía en Nevers el usurpador, se llama ya en Lyón Bonaparte, y el emperador en
Grenoble. Os lo imagináis fugitivo, acosado, y en realidad vuela como el águila
de sus banderas. Sus soldados, que creéis muertos de hambre y de fatiga,
dispuestos a desertar, multiplícanse como los copos de nieve en torno del alud
que cae. Partid, señor, abandonad Francia a su verdadero dueño, al que no la ha
comprado, sino conquistado; partid, señor, y no porque estéis en peligro, que él
es bastante poderoso para no tocaros el pelo de la ropa; sino porque sería una
mengua para un nieto de San Luis, deber la vida al hombre de Arcolea, de Marengo
de Austerlitz." Dile esto, Gerardo..., o mejor será que no le digas nada.
Disimula tu viaje a todo el mundo; no te vanaglories de lo que has venido a
hacer, ni de lo que hiciste en París; si has bebido los vientos a la venida,
devóralos a la vuelta, entra en tu casa de modo que nadie lo sospeche y en
particular sé desde ahora humilde, inofensivo, astuto; porque te juro que
obraremos como aquel que conoce a sus enemigos y es fuerte de suyo. Andad,
andad, mi querido Gerardo, que con obedecer las órdenes paternales, o mejor
dicho, si queréis, con atender a los consejos de un amigo, os sostendremos en
vuestro destino. Así podréis -añadió Noirtier sonriendo-, salvarme por segunda
vez si la rueda de la fortuna política vuelve a levantaros y a bajarme a mí.
Adiós, mi querido Gerardo: en el primer viaje que hagáis, venid a parar en mi
casa.
Y con esto se marchó tranquilo, como no había dejado de estarlo un solo momento
durante esta conversación, mientras que Villefort, pálido y agitado, corrió a la
ventana, desde donde le pudo ver pasar impasible entre dos o tres hombres de
mala traza, que emboscados detrás de la esquina, y en los portales, esperaban
quizás al de las patillas negras, el gabán azul y el sombrero de alas anchas,
para echarle el guante.
Villefort permaneció de pie y lleno de ansiedad, hasta que, viéndole desaparecer
en la encrucijada de Bussy, se precipitó sobre el malhadado traje, ocultó en el
fondo de su maleta el levitón azul y la corbata negra, aplastó el sombrero
escondiéndolo debajo de un armario, hizo pedazos el bastón arrojándolos al
fuego, y poniéndose la gorra de viaje llamó al ayuda de cámara, vedándole con un
gesto las mil preguntas que éste ansiaba hacer; pagóle la cuenta y se precipitó
al carruaje que ya le estaba aguardando. En Lyón supo que Bonaparte acababa de
entrar en Grenoble, y participando de la agitación que reinaba en los pueblos
del tránsito llegó a Marsella henchida el alma con las angustias con que la
ambición y los primeros medros suelen envenenarla.
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