-Capitán o segundo, señor Morrel -respondió Dantés-, guardaré siempre las
mayores consideraciones a aquellos que posean la confianza de mis principales.
-Vamos, vamos, Dantés, veo que sois cabalmente un excelente muchacho. No quiero
deteneros más, porque noto que estáis ardiendo de impaciencia.
-¿Me permitís... , entonces?
-Sí, ya podéis iros.
-¿Podré usar la lancha que os trajo?
-¡No faltaba más!
-Hasta la vista, señor Morrel, y gracias por todo.
-Que Dios os guíe.
-Hasta la vista, señor Morrel.
-Hasta la vista, mi querido Edmundo.
El joven saltó a la lancha, y sentándose en la popa dio orden de abordar a la
Cannebière. Dos marineros iban al remo, y la lancha se deslizó con toda la
rapidez que es posible en medio de los mil buques que obstruyen la especie de
callejón formado por dos filas de barcos desde la entrada del puerto al muelle
de Orleáns.
El naviero le siguió con la mirada, sonriéndose hasta que le vio saltar a los
escalones del muelle y confundirse entre la multitud, que desde las cinco de la
mañana hasta las nueve de la noche llena la famosa calle de la Cannebière, de la
que tan orgullosos se sienten los modernos focenses, que dicen con la mayor
seriedad: "Si París tuviese la Cannebière, sería una Marsella en pequeño."
Al volverse el naviero, vio detrás de sí a Danglars, que aparentemente esperaba
sus órdenes; pero que en realidad vigilaba al joven marino. Sin embargo, esas
dos miradas dirigidas al mismo hombre eran muy diferentes.
Capítulo segundo
El padre y el hijo
Y dejando que Danglars diera rienda suelta a su odio inventando alguna calumnia
contra su camarada, sigamos a Dantés, que después de haber recorrido la
Cannebière en toda su longitud, se dirigió a la calle de Noailles, entró en una
casita situada al lado izquierdo de las alamedas de Meillán, subió de prisa los
cuatro tramos de una escalera oscurísima, y comprimiendo con una mano los
latidos de su corazón se detuvo delante de una puerta entreabierta que dejaba
ver hasta el fondo de aquella estancia; allí era donde vivía el padre de Dantés.
La noticia de la arribada de El Faraón no había llegado aún hasta el anciano,
que encaramado en una silla, se ocupaba en clavar estacas con mano temblorosa
para unas capuchinas y enredaderas que trepaban hasta la ventana.
De pronto sintió que le abrazaban por la espalda, y oyó una voz que exclamaba:
-¡Padre! ..., ¡padre mío!
El anciano, dando un grito, volvió la cabeza; pero al ver a su hijo se dejó caer
en sus brazos pálido y tembloroso.
-¿Qué tienes, padre? -exclamó el joven lleno de inquietud-. ¿Te encuentras mal?
-No, no, querido Edmundo, hijo mío, hijo de mi alma, no; pero no lo esperaba, y
la alegría... la alegría de verte así..., tan de repente... ¡Dios mío!, me
parece que voy a morir...
-Cálmate, padre: yo soy, no lo dudes; entré sin prepararte, porque dicen que la
alegría no mata. Ea, sonríe, y no me mires con esos ojos tan asustados. Ya me
tienes de vuelta y vamos a ser felices.
-¡Ah!, ¿conque es verdad? -replicó el anciano-: ¿conque vamos a ser muy felices?
¿Conque no me dejarás otra vez? Cuéntamelo todo.
-Dios me perdone -dijo el joven-, si me alegro de una desgracia que ha llenado
de luto a una familia, pues el mismo Dios sabe que nunca anhelé esta clase de
felicidad; pero sucedió, y confieso que no lo lamento. El capitán Leclerc ha
muerto, y es probable que, con la protección del señor Morrel, ocupe yo su
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