-Pues os engañáis. No avanzará diez leguas al corazón de Francia, sin verse
perseguido y acosado como un animal feroz.
.-Mi querido amigo, el emperador está ahora camino de Grenoble; el día 10 ó 12
llegará a Lyon, y el 20 ó 25, a París.
-Los pueblos van a sublevarse en masa.
-En su favor.
-Sólo trae algunos hombres y se enviarán ejércitos numerosos contra él.
-Que le escoltarán el día de su entrada en la capital. En verdad, querido
Gerardo, que sois un niño todavía, pues os creéis bien informado porque el
telégrafo dice con tres días de atraso: "El usurpador ha desembarcado en Cannes
con algunos hombres. Ya se le persigue". Sin embargo, ignoráis lo que hace y la
posición que ocupa. Ya se le persigue, es el non plus de vuestras noticias. Si
son ciertas se le perseguirá hasta París sin quemar un cartucho.
-Grenoble y Lyon son dos ciudades fieles que le opondrán una barrera
infranqueable.
-Grenoble le abrirá sus puertas con entusiasmo, y Lyon le saldrá al encuentro en
masa. Creedme: estamos tan bien informados como vosotros, y nuestra policía vale
tanto como la vuestra... ¿Queréis que os lo pruebe? Intentabais ocultarme
vuestra llegada y sin embargo la he sabido a la media hora. A nadie sino al
cochero disteis las señas de vuestra casa, y no obstante yo las sé, pues que
llego precisamente cuando os ibais a sentar a la mesa. A propósito, pedid otro
cubierto y almorzaremos juntos.
-En efecto -respondió Villefort mirando a su padre con asombro-; en efecto
estáis bien informado.
-Es muy natural. Vosotros estáis en el poder, no disponéis de otros recursos que
los que procura el oro, mientras nosotros, que esperamos el poder, disponemos de
los que proporciona la adhesión.
-¿La adhesión? -repuso riendo Villefort.
-Sí, la adhesión, que así en términos decorosos se llama a la ambición que
espera.
Y esto diciendo Noirtier alargó la mano al cordón de la campanilla para llamar
al criado, viendo que su hijo no le llamaba; pero éste le detuvo, diciéndole:
-Esperad, padre mío, oíd una palabra.
-Decidla.
-A pesar de su torpeza, la policía realista sabe una cosa terrible.
-¿Cuál?
-Las señas del hombre que se presentó en casa del general Quesnel la mañana del
día en que desapareció.
-¡Ah! ¿Conque sabe eso? ¡Miren la policía! ¿Y cuáles son sus señas?
-Tez morena, cabellos, ojos y patillas negros, levitón azul abotonado hasta la
barba, roseta de oficial de la Legión de Honor, sombrero de alas anchas y bastón
de junco.
-¡Vaya! ¿Conque se sabe eso? -dijo Noirtier-. ¿Y por qué no le ha echado la
mano?
-Porque ayer le perdió de vista en la esquina de la calle de CoqHeron.
-¡Cuando yo os digo que es estúpida la policía!
-Sí, pero de un momento a otro puede dar con él.
-Sí, si no estuviese sobre aviso -dijo Noirtier mirando a su alrededor con la
mayor calma-; pero como lo está, va a cambiar de rostro y de traje.
Y levantándose al decirlo, se quitó el levitón y la corbata, tomó del neceser de
su hijo, que estaba sobre una mesa, una navaja de afeitar, se enjabonó la cara,
y con mano firme quitóse aquellas patillas negras que tanto le comprometían.
Su hijo le miraba con un terror que tenía algo de admiración.
Cortadas las patillas, peinóse Noirtier de modo diferente, cambió su corbata
negra por otra de color que había en una maleta abierta, su gabán azul cerrado,
por otro de su hijo de color claro, observó ante el espejo si le caería bien el
sombrero de alas estrechas de Villefort, y dejando el bastón de junco en el
|
|