En la barrera del Troue se encontró a Bertuccio, que le estaba aguardando allí,
inmóvil como un centinela en su puesto.
Montecristo sacó la cabeza por la portezuela, le dijo algunas palabras en voz
baja, y el intendente desapareció.
Señor conde -dijo Manuel al llegar a la plaza Real-, os agradezco que me dejéis
a la puerta de casa, para que mi mujer no tenga un momento de inquietud, ni por
vos ni por mí.
-Si no fuese ridículo vanagloriarse de su triunfo, rogaría al conde que entrase
en casa; pero él también tendrá corazones a quienes tranquilizar. Hemos llegado,
Manuel. Saludemos a nuestro amigo, y bajemos.
-Un momento -dijo Montecristo-, me priváis de una vez de mis dos compañeros;
entrad a ver a vuestra encantadora mujer, a la que os ruego presentéis mis
respetos, y luego acompañadme vos hasta los Campos Elíseos.
-Con mucho gusto -dijo Maximiliano-, tanto más cuanto que tengo que hacer en
vuestro barrio, conde.
-¿Esperamos para almorzar? -preguntó Manuel.
-No-dijo el joven.
La puerta del coche se cerró, y éste continuó su camino.
-Veis como os he traído la dicha -dijo Morrel cuando se quedó solo con el conde-
, ¿no habéis pensado en ello?
-Sí -respondió el conde-, y por eso quisiera teneros siempre cerca de mí.
-¡Es milagroso! -continuó Maximiliano Morrel, respondiéndose a sí mismo.
-¿El qué? -dijo Montecristo.
-Lo que acaba de suceder.
-Sí -respondió el conde sonriéndose-, decís bien, Morrel, es milagroso.
-Porque, después de todo -respondió éste-, Alberto es valiente.
-Muy valiente -respondió el conde-, le he visto dormir tranquilo con el puñal
suspendido sobre su cabeza.
-Y yo sé que se ha batido dos veces muy bien; comparad eso con lo de esta
mañana.
-Siempre vuestra influencia -repitió sonriéndose Montecristo. -Es una dicha para
Alberto no ser militar. -¿Por qué?
-¡Excusas sobre el terreno! ¡Bah! -dijo el joven capitán moviendo la cabeza.
-Vamos, no incurráis en los prejuicios de los hombres vulgares, Morrel;
convendréis en que, puesto que Alberto es valiente, no puede ser cobarde, que
debe haber habido alguna razón que le haya movido a obrar como lo ha hecho esta
mañana, y por lo tanto su conducta es más heroica que otra cosa.
-Sin duda, sin duda -repuso Morrel-, pero diría como el español: Ha sido hoy
menos valiente que ayer.
-¿Almorzáis conmigo? -dijo el conde para cortar la conversaci6n.
-No; os dejo a las diez.
-¿Vuestra cita era, pues, para almorzar?
Morrel se sonrió y movió la cabeza.
-Pero, después de todo, preciso es que almorcéis en alguna parte.
-¿Y si no tengo hambre? -dijo el joven.
-Sólo conozco dos sentimientos que quiten el apetito: el dolor, y dichosamente
os veo muy alegre, y el amor; ahora bien: según lo que me dijisteis de vuestro
corazón, me es permitido creer...
-No digo que no, conde.
-¿Y no me contáis eso, Maximiliano? -replicó el conde con un tono tan vivo que
revelaba todo el interés que tenía en conocer aquel secreto.
-Ya os he hecho ver esta mañana que tengo un corazón. ¿No es verdad, conde?
Por respuesta, Montecristo alargó la mano al joven.
-Entonces, ya que este corazón no está con vos en el bosque de Vicennes, está en
otra parte, y voy a buscarlo.

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