-¡Hace tres días! ¿Estáis loco? Hace tres días no se había embarcado todavía el
emperador.
-No importa. Yo sabía su intento.
-¿Cómo?
-Por una carta que os dirigían a vos desde la isla de Elba.
-¿A mí?
-A vos: la he sorprendido, así como al mensajero. Si aquella carta hubiera caído
en otras manos, quizás estaríais fusilado a estas horas, padre mío.
El señor Noirtier se echó a reír.
-No parece -dijo- sino que la restauración haya aprendido del imperio el modo de
dar remate pronto a los asuntos. ¡Fusilado! ¿Adónde vamos a parar? ¿Y qué es de
esa carta? Os conozco bastante bien para temer que hayáis dejado de destruirla.
-La quemé, temeroso de que hubiese en el mundo un solo fragmento; porque aquella
carta era vuestra perdición.
-Y la pérdida de vuestra carrera -repuso fríamente Noirtier-. Ya lo comprendo
todo; pero no hay por qué temer, pues me protegéis por vuestro interés.
-Más que eso aún: os salvo.
-¡Vaya, vaya! El interés dramático sube de punto. Explicaos.
-Volvamos a hablar del club de la calle de Santiago.
-Parece que el tal club ocupa mucho a la policía. Si lo buscasen mejor ya darían
con él.
Ya han dado con la pista.
-Esa es la frase sacramental. Cuando la policía no ve más allá de sus narices en
un asunto, asegura que ha dado con la pista; y con esto espera el gobierno
tranquilamente a que venga a decirle con las orejas gachas: he perdido la pista.
-Sí, pero encontró un cadáver. El general ha sido muerto: en todas partes del
mundo se llama eso un asesinato.
-¿Un asesinato decís? ¿Quién prueba que el general ha sido víctima de un
asesinato? Todos los días se encuentran en el Sena cadáveres de desesperados o
de personas que no saben nadar.
-Sabéis muy bien, padre mío, que el general no se ha suicidado, así como que en
el mes de enero nadie se baña. No, no, no os engañéis a vos mismo. Su muerte
está bien calificada de asesinato.
-¿Y quién la califica así?
-El propio rey.
-¿El rey? Lo tenía por filósofo: ¿cómo cree que en política haya asesinatos? En
política, querido mío, y vos lo sabéis tan bien como yo, no hay hombres, sino
ideas; no sentimientos, sino intereses; en política no se mata a un hombre, sino
se allana un obstáculo. ¿Queréis que os diga cómo ha acaecido lo del general
Quesnel? Pues voy a decíroslo. Creíamos poder contar con él, y aun nos lo habían
recomendado de la isla de Elba. Uno de nosotros fue a su casa a invitarle para
que asistiera a una reunión de amigos en la calle de Santiago. Accede a ello, se
le descubre el plan, la fuga de la isla de Elba, el desembarco, todo en fin; y
cuando lo sabe, cuando ya nada le queda por saber, nos declara que es realista.
Entonces nos miramos unos a otros; le hacemos jurar, pero jura de tan mala gana
que parecía como si tentase a Dios... Pues oye, a pesar de esto, se le deja
salir en libertad, en libertad absoluta... Si no ha vuelto a su casa..., ¿qué sé
yo? Habrá errado el camino, porque él se separó de nosotros sano y salvo.
¡Asesinato decís! Me sorprende en verdad, Villefort, que vos, sustituto del
procurador del rey, baséis una acusación en tan malas pruebas. ¿Me ha ocurrido
nunca a mí, cuando cumpliendo vuestro deber de realista cortáis la cabeza a uno
de los míos, me ha ocurrido nunca el iros a decir: habéis cometido un asesinato?
No, sino que os he dicho: bien, muy bien; mañana tomaremos el desquite.
-Pero tened en cuenta, padre mío, que cuando nosotros la tomemos será terrible.
-No os comprendo.
-¿Vos contáis con la vuelta del usurpador?
-Confieso que sí.
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