-Muy moreno; de cabellos, ojos y cejas negros.
-¿Y cómo va vestido? -preguntó vivamente el magistrado.
-Un levitón azul, abotonado hasta arriba, con la roseta de la Legión de Honor.
-¡Él es! -murmuró Villefort palideciendo.
-¡Diantre! -dijo asomando en la puerta el hombre que hemos descrito ya dos
veces-. ¡Diantre! ¡Qué conducta tan extraña! ¿Así hacen en Marsella esperar los
hijos a sus padres en la antecámara?
-¡Padre mío...! -exclamó el sustituto-, no me engañé..., sospechaba que fueseis
vos.
-Si lo sospechabas -contestó el recién llegado dejando el bastón en un rincón y
el sombrero en una silla-, permíteme entonces, querido Gerardo, hacerte ver que
has obrado mal haciéndome esperar.
-Dejadnos, Germán -dijo Villefort.
El criado se retiró, y veíase que le sorprendía lo ocurrido.
Capítulo doce
Padre a hijo
El señor Noirtier, porque, en efecto, era él quien acababa de llegar, siguió con
la vista al criado hasta que cerró la puerta, y luego, sin duda receloso de que
se quedase a escuchar en la antecámara, la volvió a abrir por su propia mano. No
fue inútil esta precaución, y la presteza con que salía Germán de la antecámara
dio a entender que no estaba puro del pecado que perdió a nuestro primer padre.
El señor Noirtier se tomó entonces el trabajo de cerrar por sí mismo la puerta
de la antecámara, y echando el cerrojo a la de la alcoba, acercóse, tendiéndole
la mano, a Villefort, que aún no había dominado la sorpresa que le causaban
aquellas operaciones.
-¿Sabes, querido Gerardo -le dijo mirándole de una manera indefinible-, sabes
que me parece que no lo alegras mucho de verme?
-Padre mío -respondió Villefort-, me alegro con toda el alma; pero no esperaba
vuestra visita y me ha sorprendido.
-Mas ahora que caigo en ello -respondió el señor Noirtier-, que yo os podría
decir otro tanto. Me anunciáis desde Marsella vuestra boda para el 28 de
febrero, ¡y estáis en Paris el 3 de marzo!
-No os quejéis, padre mío, de mi estancia en París -dijo Gerardo acercándose al
señor Noirtier-. He venido por vos, y mi viaje puede salvaros.
-¿De veras? -dijo el señor Noirtier acomodándose en un sillón-; ¿de veras?
Contadme eso, señor magistrado, que debe de ser cosa curiosa.
-¿Habéis oído hablar, padre mío, de cierto club bonapartista de la calle de
Santiago?
-¿Número 53? ¡Ya lo creo! Como que soy su vicepresidente.
-Vuestra sangre fría me hace temblar, padre.
-¿Qué quieres? Quien ha sido proscrito por la Montaña, quien ha huido de París
en un carro de heno, quien ha corrido por las Landas de Burdeos perseguido por
los sabuesos de Robespierre, se acostumbra a todo en esta vida. Sigue. ¿Qué ha
pasado en ese club de la calle de Santiago?
-Lo que ha pasado es que han citado a él al general Quesnel, y éste, que salió a
las nueve de la noche de su casa, ha sido hallado muerto en el Sena.
-¿Y quién os contó esa historia?
-El mismo rey, señor.
-Pues a cambio de ella voy a daros una noticia -prosiguió Noirtier.
-Supongo que ya sé de qué se trata.
-¡Ah! ¿Sabéis el desembarco de Su Majestad el emperador?
-¡Silencio, padre! Os lo suplico por vos y por mí. Ya sabía yo esa noticia, y
aún antes que vos, porque hace tres días que bebo los vientos desde Marsella a
París, rabioso por no poder apartar de mi imaginación esa idea que me la
trastorna.
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