-Es verdad -le dijo-, el señor Danglars no tiene en esto más que una parte
material, a Montecristo es a quien debéis pedir una explicación.
Alberto se volvió.
-Caballero -dijo a Danglars-, comprendéis que no me despido aún definitivamente
de vos; me queda todavía por averiguar si vuestras inculpaciones son justas: voy
a asegurarme de ello en casa del conde de Montecristo.
Y saludando al banquero salió sin hacer caso de Cavalcanti. Danglars le acompañó
hasta la puerta y allí aseguró de nuevo a Alberto que ningún motivo de enemistad
personal tenía con el conde de Morcef.
Capítulo quinto
El insulto
Beauchamp detuvo a Morcef a la puerta de la casa del banquero.
-Escuchad -le dijo-, hace poco que habéis oído en casa de Danglars que al conde
de Montecristo debéis pedirle una explicación.
-Sí; ahora mismo vamos a su casa.
-Un momento, Morcef; antes de presentarnos en ella, reflexionad.
-¿Qué queréis que reflexione?
-La gravedad del paso que vas a dar.
-¿Es más que haber venido a ver a Danglars?
-Sí. Danglars es un hombre de dinero, y éstos saben demasiado bien el capital
que arriesgan batiéndose; el otro, por el contrario, es un noble, al menos en la
apariencia, ¿y no teméis encontrar bajo el noble al hombre intrépido y valeroso?
-Lo único que temo encontrar es un hombre que no quiera batirse.
-¡Oh!, podéis estar tranquilo, éste se batirá; lo único que temo es que lo haga
demasiado bien, tened cuidado.
-Amigo -dijo Morcef sonriéndose-, es cuanto puedo apetecer, nada puede sucederme
que sea para mí más dichoso que morir por mi padre: esto nos salvará a todos.
-Vuestra madre se moriría.
-¡Pobre madre! -dijo Alberto, pasando la mano por sus ojos-, bien lo sé; pero es
preferible que muera de esto que de vergüenza.
-¿Estáis bien decidido, Alberto?
-Vamos.
-Creo, sin embargo, que no le encontraremos.
-Debía salir para París pocas horas ya habrá llegado.
Subieron al carruaje, que les condujo a la entrada de los Campos Elíseos, número
30. Beauchamp quería bajar solo; pero Alberto le hizo observar que, saliendo
este asunto de las reglas ordinarias, le era permitido separarse de las reglas
de etiqueta del duelo.
Era tan sagrada la causa que hacía obrar al joven, que Beauchamp no sabía
oponerse a sus deseos; cedió, y se contentó con seguirle.
De un salto plantóse Alberto del cuarto del portero a la escalera; abrióle
Bautista. El conde acababa de llegar, estaba en el baño, y había dicho que no
recibiese a nadie. -¿Y después del baño? -preguntó Morcef. -El señor conde
comerá. -¿Y después de comer? -Dormirá por espacio de una hora. -¿Y a
continuación? -Irá a la ópera.
-¿Estáis seguro?
-Sí, señor; ha mandado que el carruaje esté listo a las ocho en punto.
-Muy bien -dijo Alberto-, es cuanto deseaba saber.
Y volviéndose en seguida a Beauchamp:
-Si tenéis algo que hacer, querido mío, despachad vuestras diligencias en
seguida; si tenéis alguna cita para esta noche, aplazadla hasta mañana. Cuento
con que me acompañaréis esta noche a la ópera, y que si podéis haréis que venga
con vos Chateau-Renaud.
Beauchamp aprovechó el permiso, y se despidió de Alberto, ofreciéndole que iría
a buscarle a las ocho menos cuarto.
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