Villefort se turbó visiblemente.
-No, señor -dijo-. Me hospedo en el hotel de Madrid, situado en la calle de
Tournon.
-Pero supongo que le habréis visto.
-Señor, en cuanto llegué fui a buscar al conde de Blacas.
-Pero ¿le veréis?
-Ni siquiera trataré de hacerlo.
-¡Ah!, es justo -dijo el rey sonriéndose como para probar que todas sus
preguntas encerraban intención-; olvidábame de que estáis algo reñido con el
señor Noirtier, nuevo sacrificio a la causa real, que debo recompensaros.
-La bondad con que me trata Vuestra Majestad es ya recompensa tan sobre todos
mis desos, que nada más tengo que pedir al rey.
-No importa, caballero, os tendremos presente, descuidad: entretanto, esta
cruz...
Y quitándose el rey la cruz de la Legión de Honor que solía llevar en el pecho
cerca de la cruz de San Luis, y por encima de las placas de la orden de Nuestra
Señora del Monte Carmelo y de San Lázaro, se la dio a Villefort, que repuso:
-Señor, Vuestra Majestad se equivoca: esta cruz es de oficial.
-Tomadla, a fe mía, sea la que fuere -dijo el rey-, que no tengo tiempo para
pedir otra. Blacas, haced que extiendan el diploma al señor de Villefort.
Los ojos de éste se humedecieron con una lágrima de orgullosa alegría; tomó la
cruz y la besó.
-¿Qué órdenes -dijo- tiene Vuestra Majestad que darme en este momento?
-Descansad el tiempo que os haga falta, y tened presente que si en París no
podéis servirme en nada, en Marsella puede ser muy al contrario.
-Señor -respondió inclinándose Villefort-, dentro de una hora habré salido de
París.
-Marchad, caballero -dijo el rey-, y si yo os olvidase, que los reyes son
desmemoriados, no temáis el hacer por recordaros... Señor barón, ordenad que
busquen al ministro de la Guerra. Blacas, quedaos.
-¡Ah, señor! -dijo al magistrado el ministro de policía, cuando salieron de
palacio-. ¡Entráis con buen pie: vuestra fortuna es cosa hecha!
-¿Durará mucho? -murmuró el magistrado saludando al ministro, cuya fortuna se
deshacía, y buscando con los ojos un coche para volver a su casa.
A una seña de Villefort se acercó un fiacre, a cuyo conductor dio las señas de
su casa, lanzándose al fondo en seguida, donde se entregó a sus sueños
ambiciosos.
Diez minutos más tarde, el magistrado estaba ya en su casa, y mandó a par que le
sirviesen el almuerzo y que preparasen los caballos para dentro de dos horas.
Iba ya a sentarse a la mesa, cuando sonó fuertemente la campanilla, como agitada
por una mano vigorosa. El ayuda de cámara fue a abrir, y Villefort pudo oír que
pronunciaban su nombre.
-¿Quién puede saber que estoy en París? -murmuró.
En este momento entró el ayuda de cámara.
-¿Y bien? -le dijo Villefort-. ¿Quién ha llamado? ¿Quién pregunta por mí?
-Una persona que no quiere decir su nombre.
-¡Una persona que no quiere decir su nombre! ¿Y qué quiere?
-Desea hablaros.
-¿A mí?
-Sí, señor.
-¿Ha dado mis señas? ¿Sabe quién soy yo?
-Indudablemente.
-¿Qué trazas tiene?
-Es un hombre de unos cincuenta años.
-¿Alto? ¿Bajo?
-De la estatura del señor, sobre poco más o menos.
-¿Blanco o moreno?
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