Leíase el artículo en voz baja, hacíanse comentarios, y los recuerdos que se
suscitaban iban precisando cada vez más los hechos. El conde de Morcef no era
querido de sus colegas. Como todos los que han salido de la nada, para
conservarse a la altura de la clase, tenia que observar un exceso de altivez.
Los grandes aristócratas se reían de él; los talentos le repudiaban y las
glorias puras le despreciaban instintivamente. A este fatal extremo de la
víctima expiatoria había llegado el conde. Una vez designada por el dedo del
Señor para el fatal sacrificio, todos se preparaban para gritar: ¡Justicia!
El conde de Morcef era el único que lo ignoraba todo. No recibía el periódico
que publicaba la noticia, y había pasado la mañana en escribir camas y probar su
caballo.
Llegó, pues a la hora de costumbre, con la cabeza erguida, mirada orgullosa y
andar insolente; se apeó del coche, atravesó los pasillos y entró en la sala,
sin notar las vacilaciones de los ujieres, ni la frialdad de sus colegas al
saludarle.
Cuando Morcef entró hacía ya media hora que había empezado la sesión.
A pesar de que el conde, ignorante, como hemos dicho, de cuanto había ocurrido,
no había alterado en lo más mínimo su aire, ni sus ademanes, su presencia en
esta ocasión pareció de tal suerte agresiva a esta asamblea celosa de su honor,
que todos vieron en ello una inconveniencia, muchos una bravata y algunos un
insulto. Era evidente que la Cámara entera deseaba entablar el debate.
Se veía el periódico acusador en manos de todos los pares; pero, como siempre,
nadie quería cargar con la responsabilidad del ataque. Finalmente, uno de los
honorables pares, enemigo declarado del conde de Morcef, subió a la tribuna con
una solemnidad que anunció que había llegado el momento esperado.
Guardóse un silencio sepulcral. Sólo Morcef ignoraba la causa de la atención
profunda que se prestaba a un orador a quien no se acostumbra a oír con tanta
complacencia.
El conde dejó pasar tranquilamente el preámbulo, en que el orador establecía que
iba a hablar de una cosa tan grave, tan sagrada y tan vital para la Cámara, que
reclamaba toda la atención de sus colegas.
A las primeras palabras de Janina y del coronel Fernando, el conde de Morcef se
puso intensamente pálido, lo que causó un estremecimiento general en la
asamblea, y codas las miradas se fijaron en él.
Las heridas mortales tienen de particular que se ocultan, pero no se cierran:
siempre dolorosas, permanecen vivas y abiertas en el corazón.
Terminó la lectura del artículo en medio del mismo silencio, turbado entonces
por un rumor que cesó tan pronto como el orador volvió a tomar la palabra. El
orador expuso sus escrúpulos, y manifestó cuán difícil era su posición: era el
honor del señor de Morcef, el honor de toda la Cámara lo que pretendía defender,
provocando un debate en que se iba a entrar en esas cuestiones personales que
siempre resultan odiosas. Concluyó pidiendo que se procediese a una
investigación bastante rápida para confundir, antes de que tomase cuerpo, la
calumnia, y para restablecer al señor de Morcef en la posición en que la opinión
pública le había colocado.
Morcef se hallaba tan abatido, que apenas pudo pronunciar algunas palabras ante
sus colegas para justificarse: aquella conmoción, que podía atribuirse lo mismo
al asombro del inocente que a la vergüenza del culpable, le atrajo algunas
simpatías. Los hombres generosos son siempre compasivos, cuando la desgracia de
su adversario es mayor que su odio.
El presidente puso a votación la sumaria, y ésta dio por resultado que había
méritos para formarla.
Preguntaron al conde cuánto tiempo necesitaba para preparar su justificación.
Morcef se había reanimado, sintiendo aún algún vigor después de aquel terrible-
suceso, y respondió:
-Señores, no es con tomarse tiempo con lo que se rechaza un ataque, como el que
contra mí dirigen enemigos solapados, y que sin duda permanecerán escondidos en

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