Veamos, decidme pronto, ¿debo alargaros la mano diciéndoos: Beauchamp, confesad
vuestra falta y seamos amigos? ¿O debo preguntaros cuáles son las armas que
habéis escogido?
-Alberto -respondió éste con una tristeza que llenó de asombro al joven-,
sentémonos y hablemos.
-Creo, caballero, que antes de sentaros debéis responderme.
-Alberto -dijo el periodista-, hay circunstancias en que la dificultad consiste
cabalmente en la respuesta.
-Yo os haré que sea fácil, repitiéndoos la pregunta: ¿Queréis retractaros? Sí o
no.
-Morcef, no puede uno contentarse con responder sí o no a las preguntas que
interesan al honor, la posición social y la vida de un hombre como el señor
teniente general conde de Morcef, par de Francia.
-¿Qué es entonces lo que se dice?
-Lo que yo voy a decir, Alberto, se dice: el dinero, el tiempo y la fatiga son
nada, cuando se trata de la reputación a intereses de una familia. Se dice: es
necesario más que probabilidades, es menester certezas, para aceptar un duelo a
muerte con un amigo. Se dice: si cruzo la espada, o disparo una pistola sobre un
hombre a quien durante tres años he apretado la mano como a un amigo, es
necesario al menos que sepa por qué lo hago, para poder llegar sobre el terreno
con el corazón en reposo, y la tranquilidad de conciencia de que el hombre
necesita cuando su brazo debe salvar su vida.
-¡Y bien! ¡Y bien! ¿A qué viene todo eso?
-Eso quiere decir que acabo de llegar de Janina.
-¿De Janina, vos?
-Sí, yo.
-Imposible.
-Mi querido Alberto, aquí tenéis mi pasaporte, ved los refrendos, Génova, Milán,
Venecia, Trieste, Delvino, Janina: ¿Creeréis a la policía de una república, un
reino y un imperio?
Alberto bajó los ojos sobre el pasaporte y los levantó sorprendido sobre
Beauchamp.
-¿Habéis estado en Janina? -dijo.
-Alberto, si hubieseis sido un extranjero, un desconocido, un simple lord como
aquel inglés que vino a exigirme una satisfacción hace tres o cuatro meses, y a
quien maté para desembarazarme de él, no me hubiese tomado, como conocéis, tanto
trabajo, pero he creído que os debía esta consideración. He empleado ocho días
en ir, ocho en volver, cuatro de cuarentena y cuarenta y ocho horas que he
permanecido en Janina. Llegué anoche y aquí me tenéis ahora.
-¡Dios mío! ¡Dios mío!, cuántos circunloquios, Beauchamp, y cuánto tardáis en
decirme lo que espero de vos.
-Es que, en verdad, Alberto...
-Diría que titubeáis.
-Sí, tengo miedo.
-¿Teméis confesar que vuestro corresponsal os engañó? ¡Oh!, dejad el amor
propio, Beauchamp, confesadlo, nadie puede dudar de vuestro valor.
-¡Oh!, no es eso-dijo el periodista-, al contrario...
Alberto palideció horriblemente, procuró hablar, pero la palabra expiró en sus
labios.
-Amigo mío -dijo Beauchamp con el tono más afectuoso-, creed que me consideraría
dichoso al presentaros mis excusas, y que lo haría de todo corazón, pero
desgraciadamente...
-¿Pero qué?
-La nota tenía razón, amigo mío.
-¡Cómo! ¿Ese oficial francés...?
-Sí.
-Ese Fernando...
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