-¿De modo que es verdad lo que murmuraban nuestros enemigos? ¿Nada hemos
aprendido? ¿Nada hemos olvidado? Si me vendiesen como a él le vendieron, me
consolaría; pero estar rodeado de personas encumbradas por mí, que deben velar
por mí, con más cuidado que por ellas mismas, porque mi fortuna es su fortuna,
porque no eran nada antes que yo subiese al trono, porque nada serán si yo
caigo, y caer, y por torpeza, y por incapacidad. ¡Ah! ¡Cuánta razón tenéis,
señor mío, la fatalidad... !
El ministro se inclinaba bajo el peso de tan terrible anatema; Blacas se
limpiaba la frente cubierta de sudor, y Villefort, viendo crecer su importancia,
estaba satisfecho en su fuero interno.
-¡Caer...! -prosiguió Luis XVIII, que de una sola mirada sondeó el abismo que
amenazaba tragar su trono-. ¡Caer! ¡Y saber por el telégrafo la noticia! ¡Oh!,
mejor quisiera subir al cadalso de mi hermano Luis XVI, que bajar así las
escaleras de las Tullerías, expuesto de ese modo al ridículo... ¿Sabéis,
caballero, lo que el ridículo puede en Francia? No lo sabéis, aunque debíais de
saberlo.
-Señor, ¡señor! -murmuró el ministro-, ¡por piedad!
-Acercaos, señor de Villefort -continuó el rey encarándose con el joven, que de
pie y un tanto retirado observaba el desarrollo de esta conversación, en que se
trataba el destino de un reino-, acercaos y decid a este caballero que pudo
saber antes lo que no supo.
-Señor, era materialmente imposible adivinar proyectos que el usurpador ocultaba
a todo el mundo.
-¡Materialmente imposible! ¡Gran palabra! Desgraciadamente hay palabras tan
grandes como grandes hombres: ya conozco a ellas y a ellos. ¡Imposible a un
ministro que cuenta con una administración, con oficinas, con agentes, con
gendarmes, con espías, con un millón y quinientos mil francos de fondos
secretos, imposible saber lo que pasa a sesenta leguas de las costas de Francia!
Pues oíd: este caballero no contaba con ninguno de tales recursos; este
caballero, simple magistrado, sabía más que vos con toda vuestra policía, y
hubiese salvado mi corona a tener como vos el derecho de dirigir un telégrafo.
El ministro miró con una expresión de despecho a Villefort, que inclinó la
cabeza con la modestia del triunfo.
No lo digo por vos, Blacas -continuó Luis XVIII-, pues si bien nada habéis
descubierto, tuvisteis al menos la cordura de sospechar, y sospechar con
perseverancia. Otro hombre, acaso hubiera tenido por intrascendente la
revelación del señor Villefort, o por hija de una innoble ambición.
Estas palabras aludían a las que el ministro de policía pronunció tan sobre
seguro una hora antes.
Villefort comprendió perfectamente al rey. Otro en su lugar acaso se
desvaneciera con el humo de la alabanza; pero temió, crearse un enemigo mortal
en el ministro de policía, aunque lo tuviese por hombre perdido sin remedio. En
efecto, aquel ministro que en la plenitud de su poder no supo adivinar el
secreto de Napoleón, podía en sus últimos instantes de vida política descubrir
el de Villefort, solamente con interrogar a Dantés. Por esto, en vez de cebarse
en el caído le alargó la mano.
-Señor -dijo--, la rapidez de este suceso debe probar a Vuestra Majestad que
sólo Dios podía impedirlo. Lo que Vuestra Majestad achaca en mí a una
perspicacia notable, es hijo del acaso pura y simplemente. Lo he aprovechado
como un servidor fiel, y nada más. No me concedáis mérito mayor que el que
tengo, para no veros obligado a recobrar la primera opinión que formasteis de
mí.
El ministro de policía, agradecido, dirigió al joven una elocuente mirada, con
lo que conoció Villefort que había logrado su deseo, es decir, que sin perder la
gratitud del rey, acababa de ganar un amigo con quien podía contar siempre.
-Está bien -dijo Luis XVIII.
Y añadió luego, volviéndose al ministro de policía y al señor de Blacas:

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