cuando una mano firme y ejercitada se había ocupado en cortar los cuatro lados
de uno de los cristales con un diamante.
Montecristo sintió latir con más violencia su corazón. Por acostumbrados que
estén los hombres al peligro, y por prevenidos que se hallen, conocen, sin
embargo, en el momento supremo la diferencia que existe entre el sueño y la
realidad, entre el proyecto y la ejecución.
El conde hizo una seña a Alí. Este comprendió que el peligro estaba por la parte
del despacho, y dio un paso para acercarse a su amo. Este deseaba con
impaciencia saber cuántos eran sus enemigos.
La ventana en que éstos trabajaban se hallaba situada frente al sitio desde
donde el conde observaba el despacho. Sus ojos se fijaron, pues en ella. Vio
dibujarse una sombra en la oscuridad. En seguida, uno de los cristales se
oscureció, como si sobre él hubiesen puesto un papel. Crujió, pero sin caer al
suelo. Un brazo pasó por la abertura buscando el pestillo y un minuto después se
abrió la ventana, entrando por ella un hombre. Estaba solo.
-He aquí un pillo muy atrevido -pensó Montecristo.
Entonces sintió que Alí le tocaba suavemente en el hombro. Se volvió, y éste le
indicó la ventana de enfrente, que daba a la calle.
Montecristo dio tres pasos hacia la ventana, conocía la fina sensibilidad de su
servidor, y efectivamente, vio otro hombre que se separaba de una puerta, subía
sobre un poste y procuraba ver lo que sucedía en el interior de la casa.
-Bien -dijo-, son dos. El uno trabaja y el otro le guarda las espaldas.
Hizo una señal a Alí para que no perdiese de vista al hombre de la calle,
mientras él volvía al del despacho. El ladrón había entrado y procuraba
reconocer el terreno, extendiendo hacia adelante sus brazos. Finalmente, después
de orientarse, corrió los cerrojos de las dos puertas que había en el despacho.
Al acercarse a la del dormitorio, Montecristo creyó que iba a entrar, y preparó
una de sus pistolas, pero pronto se convenció de lo contrario por el ruido de
los cerrojos. Era una medida de precaución únicamente. El visitante nocturno,
que ignoraba que el conde había quitado los aros, podía creerse en toda
seguridad y obrar tranquilamente.
El hombre sacó de su bolsillo un objeto que el conde no pudo distinguir. Lo puso
sobre la mesa y se dirigió en seguida al secreter. Palpó el lugar de la
cerradura y se convenció de que estaba cerrada. Pero venía prevenido. Pronto oyó
el conde el ruido que produce un hierro contra otro, y que provenía de un manojo
de ganzúas con las que los cerrajeros suelen abrir las puertas, y a las que los
ladrones han dado el nombre de ruiseñores, sin duda por el placer que les causa
el chirrido producido por ellas.
-¡Ah, ah! -díjose a sí mismo Montecristo-, no es más que un ladrón.
Pero el hombre, que en la oscuridad no podía encontrar el instrumento que
necesitaba, recurrió al objeto que había puesto sobre la mesa. Tocó un resorte y
en seguida una luz pálida, pero bastante viva, iluminó la habitación.
-¡Cómo...! -dijo Montecristo retrocediendo con un movimiento de sorpresa-. Es...
Alí levantó el hacha.
-No lo muevas -le dijo Montecristo muy bajo-, deja el hacha, no tenemos
necesidad de armas.
Añadió algunas otras palabras, bajando más la voz, porque, aun cuando
imperceptible, bastó la exclamación que le arrancara su sorpresa para hacer que
el hombre se quedara inmóvil como una estatua.
El conde debió dar alguna orden a Alí, porque éste se retiró de puntillas,
descolgó de la pared de la alcoba un vestido negro y un sombrero triangular.
Entretanto, Montecristo se quitó la levita, la corbata y dobló el cuello de su
camisa. En seguida se le vio con una sotana, y sus cabellos ocultos por una
peluca tonsurada, el sombrero triangular le acabó de disfrazar completamente,
cambiándole en un abate.
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