-Sí, señor.
-Tengo que ver a una muchacha, a una griseta, a quien no quiero dar a conocer ni
título ni clase. Tráeme lo librea y dame tus papeles, por si es necesario dormir
en alguna posada.
Pedro obedeció.
Cinco minutos después Andrés, completamente disfrazado, salió de su casa sin que
nadie le conociera, tomó su cabriolé y se dirigió a la posada del Caballo Rojo,
en Picpus. Al día siguiente salió de ésta, del mismo modo que había salido de la
fonda del Príncipe, esto es, sin que nadie le conociera. Bajó por el arrabal de
San Antonio, tomó el arrabal hasta la calle de Menilmontant, detúvose a la
puerta de la tercera casa de la izquierda buscando a quien preguntar en ausencia
del portero.
-¿A quién buscáis, undo joven? -le preguntó la frutera de enfrente.
-Al señor Pailletin, señora -respondió Andrés.
-¿Un antiguo panadero? -preguntó la frutera.
-Eso es.
-Al final del patio, al tercer piso a la izquierda.
Andrés tomó el camino que le indicaban, llegó al tercer piso y con una mezcla de
impaciencia y malhumor, agitó la campanilla. Al momento la figura de Caderousse
apareció en el ventanillo de la puerta.
-¡Ah! , eres puntual -dijo, y descorrió el cerrojo.
-¡Vive Dios! -dijo Andrés al entrar.
Arrojó al suelo la gorra, que rodó por el mismo.
-Vaya, vaya -dijo Caderousse-, no lo enfades, chico. He pensado en ti, lo he
preparado un buen desayuno, todo aquello que más lo gusta.
Andrés percibió, en efecto, un olor a cocina, cuyos groseros aromas no dejaban
de tener atractivo para un estómago hambriento. Componíase de una mezcla de
grasa fresca y ajo, que indicaba los guisados favoritos del populacho provenzal.
Además, el de pescado frito, y sobre todo sobresalía la nuez moscada y el clavo.
Veíase en la habitaci6n inmediata una mesa con dos cubiertos, dos botellas de
vino lacradas y porción de aguardiente en otra botella y una macedonia de fru_
tas colocada con maestría en un plato de porcelana.
-¿Qué lo parece, chico? -dijo Caderousse-. ¡Eh! ¡Qué bien huele! ¡Por vida de
Baco! Era yo muy buen cocinero allá abajo, ¿te acuerdas? Se lamían los dedos
tras mis guisotes, y tú, tú, que has probado mis salsas, no las despreciarás.
Dicho esto, Caderousse se puso a mondar una cebolla.
-Bien, bien -dijo Andrés con muy malhumor-. Si me has incomodado solamente para
que almuerce contigo, llévete mil veces el diablo.
-Pero, muchacho -dijo con gravedad Caderousse-, comiendo se habla y además,
ingrato, ¿no lo gusta pasar un rato con lo amigo? ¡Ah! Yo estoy llorando de
alegría.
Caderousse lloraba en efecto, sólo que hubiera sido difícil averiguar si era de
alegría o porque el jugo de la cebolla había llegado hasta sus ojos.
-¡Calla, hipócrita! -le dijo Andrés-. ¿Tú me amas?
-Sí, lo amo. Lléveme el diablo, es una debilidad -dijo Caderousse-,lo sé, pero
no puedo remediarlo.
-Pero ese cariño no lo ha impedido el hacerme venir aquí para alguna bribonada
de las tuyas.
-Vamos, vamos -dijo Caderousse limpiando el cuchillo de cocina en su delantal-,
si no lo amase, ¿soportaría esta miserable existencia? Mira, tú traes puesto el
vestido de lo criado, cosa que yo no tengo, y me veo obligado a servirme a mí
mismo. Haces ascos a mis guisos, porque comes en la mesa redonda de la fonda del
Príncipe o en el café de París. Pues bien, yo también podría tener un criado,
comer donde se me antojase y me privo de todo, ¿por qué? Por no dar un disgusto
a mi Benedetto. Vaya, confiesa que podría hacerlo, ¿verdad? -y una significativa
mirada terminó la frase.

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