nuestro mismo suelo. Vuestra Majestad no ignora que el soberano de la isla de
Elba mantiene aún relaciones con Italia y con Francia.
-Sí, lo sé, caballero -dijo el rey muy conmovido-, y hace poco nos avisaron de
que en la calle de Santiago se efectuaban reuniones bonapartistas. Pero
continuad, os lo ruego. ¿Cómo obtuvisteis esas noticias?
-Son el resultado de un interrogatorio que hice a un hombre de Marsella a quien
de mucho tiempo atrás vigilaba. Le hice prender el mismo día de mi marcha. Aquel
hombre, marino revoltoso, y bonapartista acérrimo, ha ido a la isla de Elba
secretamente, donde el gran mariscal le encargó una misión verbal para cierto
bonapartista de París, cuyo nombre no he podido arrancarle: esta misión se
reducía a encargar al bonapartista que preparase los ánimos a una restauración
(tened presente, señor, que copio el interrogatorio), restauración que no puede
menos de estar próxima.
-¿Y qué ha sido de ese hombre? -preguntó Luis XVIII.
-Está preso, señor.
-Así, pues, ¿os parece tan grave el asunto?
-Tan grave, señor, que la primera noticia me sorprendió en una fiesta de
familia, el día de mi boda, y lo he abandonado todo en el mismo momento para
venir a demostrar a Vuestra Majestad mis temores y mi adhesión.
-Es cierto -dijo Luis XVIII-. ¿No existía un proyecto de matrimonio entre vos y
la señorita de Saint-Meran?
-Hija de uno de los más fieles servidores de Vuestra Majestad.
-Sí, sí; pero volvamos a ese complot, señor de Villefort.
-Temo que sea más que un complot, una conspiración.
-Una conspiración en estos tiempos -repuso sonriendo Luis XVIII-, es cosa muy
fácil de proyectar, pero difícil de llevar a cabo, porque restablecidos como
quien dice ayer en el trono de nuestros abuelos, estamos amaestrados por el
presente, por el pasado y para el porvenir. De diez meses a esta parte redoblan
mis ministros su vigilancia en el litoral del Mediterráneo. Si desembarcara
Napoleón en Nápoles, antes de que llegase a Piombino, se levantarían en masa los
pueblos coaligados; si desembarca en Toscana, aquel país es su enemigo; si en
Francia, ¿quién le seguiría?: un puñado de hombres, y fácilmente le haríamos
desistir de su intento, mayormente cuando tanto le aborrece el pueblo.
Tranquilizaos pues, caballero; mas no por eso estéis menos seguro de nuestra
real gratitud.
-Aquí está el señor barón de Dandré -exclamó en esto el conde de Blacas.
En efecto, en este mismo instante asomaba en la puerta el ministro de policía,
pálido y tembloroso: sus miradas vacilaban como si estuviese a punto de
desmayarse.
Villefort dio un paso para salir; pero le retuvo un apretón de manos del señor
de Blacas.

Capítulo once
El ogro de Córcega
Al contemplar aquel rostro tan alterado, el rey Luis XVIII rechazó violentamente
la mesa a que estaba sentado.
-¿Qué tenéis, señor barón? -exclamó-. ¡Estáis turbado y vacilante! ¿Tiene alguna
relación eso con lo que decía el conde de Blacas, y lo que acaba de confirmarme
el señor de Villefort?
Por su parte el conde de Blacas se acercó también al barón; pero el miedo del
cortesano impedía el triunfo del orgullo del hombre. En efecto, en aquella sazón
era más ventajoso para él verse humillado por el ministro de policía, que
humillarle en cosa de tanto interés.
-Señor... -balbució el barón.
-Acabad -dijo Luis XVIII.
Cediendo entonces el ministro de policía a un impulso de desesperación, corrió a
postrarse a los pies del rey, que dio un paso hacia atrás frunciendo las cejas.

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