El anciano no respondió, miraba a su amo con ojos desencajados, y con las manos
agarrotadas buscaba apoyo para poder sostenerse.
-Pero va a caer -gritó Morrel.
En efecto, el temblor que se había apoderado de Barrois aumentaba gradualmente,
y sus facciones, alteradas por los movimientos convulsivos de los músculos de la
cara, anunciaban un ataque nervioso de los más intensos.
Las miradas de Noirtier, al ver así a Barrois, dejaban traslucir todas las
emociones capaces de agitar el corazón de un hombre.
Barrois dio algunos pasos para acercarse a su amo.
-¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Señor! -dijo-, pero qué tengo yo para... padezco
mucho..., no veo... Mil puntas aceradas me atraviesan el cráneo. ¡Oh! ¡No me
toquéis, no me toquéis!
Tenía los ojos completamente fuera de las órbitas, la cabeza caída hacia atrás y
el cuerpo frío y rígido.
Valentina, espantada, lanzó un grito. Morrel la tomó en sus brazos, como
queriéndola defender de un peligro desconocido.
-¡Señor d'Avrigny, señor d'Avrigny! -gritó Valentina con voz apagada-. ¡Venid,
socorrednos!
Barrois dio una vuelta sobre sí mismo, retrocedió cuatro o cinco pasos atrás,
tropezó y fue a caer a los pies del señor Noirtier, sobre cuya rodilla apoyó una
mano gritando:
-¡Amo mío, mi buen amo!
En aquel instante el señor Villefort, atraído por los gritos, se presentó a la
puerta del cuarto.
Morrel abandonó a Valentina, medio desmayada, y se retiró, escondiéndose en un
ángulo de la sala, detrás de una cortina.
Pálido, cual si una venenosa serpiente hubiera aparecido a sus ojos, dejó caer
una mirada helada sobre el desgraciado que agonizaba.
Noirtier estaba impaciente y aterrorizado. Su alma volaba al socorro del pobre
anciano, su amigo, más que su criado. Se veía en su frente el terrible combate
entre la vida y la muerte, sus venas estaban hinchadas y sus músculos
contraídos.
Barrois, con la faz fatigada, los ojos sanguinolentos y el cuello caído, yacía
en tierra, dando golpes en el suelo con las manos, mientras que sus piernas,
tiesas y endurecidas, no podían doblarse. Una ligera espuma cubría sus labios y
apenas respiraba.
Villefort permaneció un instante espantado, fijos los ojos en este cuadro que se
le ofreció a sus ojos al entrar en el cuarto, y sin haber visto a Morrel.
-¡Doctor, doctor! -gritó, dirigiéndose a la puerta-, ¡venid, venid pronto!
-¡Señora, señora! -gritaba Valentina llamando a su madrastra, y sosteniéndose en
la pared de la escalera-, venid, venid pronto, y traed vuestro frasco de sales.
-¿Qué ocurre? -preguntó con voz metálica la señora de Villefort.
-¡Oh, venid, venid!
-¿Pero dónde está el médico? -gritaba Villefort.
La señora de Villefort bajó lentamente, se oían resonar sus pisadas. En una mano
traía un pañuelo con el que enjugaba su frente. En la otra, un frasco de sales
inglesas. Su primera mirada al llegar a la puerta fue para el señor Noirtier,
cuya cara, aparte de la emoción, anunciaba una salud perfecta. La segunda fue al
moribundo; palideció y sus ojos se apartaron del criado para fijarse en el amo.
-Pero, en nombre del cielo, señora, ¿dónde está el médico? Entró en vuestro
cuarto. Esto es una apoplegía fulminante, y con una sangría se le salvará.
-¿Hace mucho rato que ha comido? -preguntó la señora de Villefort, eludiendo la
cuestión.
-Señora -dijo Valentina-, aún no se ha desayunado, pero esta mañana ha andado
mucho para cumplir ciertas diligencias que le encargó mi abuelo, y a su vuelta
ha tornado solamente un vaso de limonada.

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