-No, no, Blacas; es un hombre de talento, de miras elevadas y sobre todo
ambicioso. Me parece que vos conocéis de nombre a su padre.
-¿A su padre?
-Sí, a Noirtier.
-¿Noirtier, el girondino? ¿Noirtier, el senador?
-Exacto.
-¡Y Vuestra Majestad emplea al hijo de semejante hombre!
-Blacas, amigo mío, vos no sabéis vivir. ¿No os dije que Villefort es ambicioso?
Por medrar sacrificará hasta a su padre.
-Conque ¿le traigo?
-En seguida, en seguida... ¿Dónde está?
-Debe de esperarme abajo, en su carruaje.
-Id a buscarle.
-Voy en seguida.
El conde salió de la cámara con la rapidez de un joven, porque su sincero
realismo le prestaba el ardor propio de los veinte años, y se
quedó Luis XVIII solo, volviendo a hojear el libro entreabierto y murmurando:
Justum et tenacem propositi virum.
Con la misma rapidez volvió el señor de Blacas; pero en la antecámara se vio
obligado a invocar la autoridad del rey, porque el traje empolvado y no conforme
a la etiqueta de Villefort alarmó al señor de Brezé, que no comprendía cómo un
hombre pudiera atreverse a presentarse al rey de aquella manera.
Pero el conde allanó todos los obstáculos con esta sola frase: Por orden de Su
Majestad; y a pesar de cuantas reflexiones hizo el maestro de ceremonias,
penetró Villefort en la cámara regia.
El rey se hallaba sentado donde le dejara Blacas, por lo que al abrir la puerta
Villefort hallóse frente a frente del monarca. En el primer momento, el joven
magistrado se detuvo, titubeando.
-Entrad, señor de Villefort -le dijo el rey-, entrad.
Saludó el sustituto adelantándose algunos pasos y esperando que le interrogaran.
-Señor de Villefort -continuó Luis XVIII-, asegura el señor de Blacas que tenéis
que hacernos importantes revèlaciones.
-Señor, el conde tiene razón, y espero que Vuestra Majestad se la dará también
por su parte.
-Pero, ante todo, decidme, ¿es en vuestra opinión el mal tan grave como me lo
quieren hacer creer?
-Señor, yo lo creo gravísimo, pero no irreparable, merced a mis precauciones.
Así lo espero.
-Hablad, hablad todo lo que queráis, caballero -dijo el rey, que empezaba a
contagiarse del temor del señor Blacas y del que revelaba también la voz de
Villefort-; hablad y, sobre todo, comenzad por el principio, porque me gusta el
orden en todas las cosas.
-Señor -dijo Villefort-, haré a Vuestra Majestad una relación muy fiel del
asunto; pero suplicándole de paso que disculpe la oscuridad que acaso ponga en
mis palabras mi presente turbación.
Una mirada del rey después de este exordio insinuante, aseguró a Villefort de
que se le escuchaba con benevolencia.
-Señor -continuó-, he venido a París con toda la celeridad posible, a anunciar a
Vuestra Majestad que en el ejercicio de mis funciones he descubierto, no una de
esas conspiraciones vulgares a insignificantes, como las que se urden todos los
días, así por el ejército como por las gentes del pueblo, sino una verdadera
conspiración que amenaza nada menos que al trono de Vuestra Majestad. Señor, el
usurpador se ocupa en armar tres navíos: medita un proyecto, insensato quizá,
pero por esto mismo, terrible. En estos momentos debe de
haber salido de la isla de Elba, ignoro en qué dirección, pero seguramente
intentará un desembarco en Nápoles, en las costas de Toscana, o quizás en
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