-Señor conde -dijo-, debéis estar sorprendido de mi reserva. Lo comprendo, yo
soy el primero en lamentarlo, pero creed que no puedo menos de obrar así, porque
circunstancias imperiosas me lo ordenan.
-Esas son disculpas, mi querido amigo -dijo el conde-,con las que se podría
contentar un cualquiera, pero el conde de Morcef no es un cualquiera. Y cuando
un hombre como él viene a buscar a otro hombre, le recuerda la palabra dada, y
cuando este hombre falta a su palabra, tiene derecho a exigir que le den otra
razón más convincente.
Dariglars era cobarde, pero no quería aparentarlo. Afectó picarse del tono que
tomaba Morcef y dijo:
-No me faltan razones de peso.
-¿Qué vais a decirme?
-Que tengo una razón que os convencería, pero es difícil decirla.
-Sin embargo, vos conocéis -dijo Morcef- que yo no puedo contentarme con
vuestras razones y lo único que veo más claro en todo esto es que rechazáis mi
alianza.
-No, señor -dijo Danglars-; suspendo mi resolución, que es diferente.
-¡Pero no creo que supondréis que yo me he de someter a vuestros caprichos,
hasta el punto de esperar tranquila y humildemente que os dé la gana resolveros!
-Entonces, señor conde, si no podéis esperar, consideremos nuestros proyectos
como nulos.
El conde se mordió los labios hasta saltársele la sangre, y sufría en no poder
dar rienda suelta a su furor. No obstante, comprendiendo que en tales
circunstancias el ridículo estaría de su parte, ya había empezado a acercarse a
la puerta del salón, cuando reflexionando, volvió sobre sus pasos.
Por su frente acababa de cruzar una nube, dejando en lugar del orgullo ofendido,
las huellas de una vaga inquietud.
-Veamos -dijo-, mi querido Danglars, nosotros nos conocemos desde hace muchos
años y por consiguiente debemos tener algunas consideraciones uno con otro. Vos
me debéis una explicación, y quiero saber al menos la causa de esta ruptura
entre nosotros. ¿Sería mi hijo el que...?
-No se trata de una cuestión personal del vizconde, esto es cuanto puedo
deciros, caballero -respondió Danglars con más ironía cada vez.
-¿Y de quién es personal entonces? -preguntó con voz alterada Morcef, cuya
frente se cubría de palidez.
Danglars, que espiaba todos sus movimientos, no dejó de notar estos síntomas y
clavó en él una mirada más tranquila y penetrante que las demás.
-Dadme gracia porque no soy más explícito -dijo.
Un temblor nervioso, que sin duda provenía de una cólera contenida, agitaba a
Morcef.
-Tengo derecho -respondió, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo- a exigir que os
expliquéis. ¿Tenéis algo contra la señora de Morcef? ¿Es acaso porque mi fortuna
no es tan considerable como la vuestra? ¿Es porque mis opiniones son contrarias
a las vuestras...?
-Nada de eso, caballero -dijo Danglars-, ello sería imperdonable, porque yo me
comprometí sabiendo todo eso. No; no tratéis de indagar, me avergüenzo yo mismo
de lo que está ocurriendo. Nada, tomemos el término medio de la dilación, que no
es ni un rompimiento ni un compromiso. No hay tanta prisa, ¡qué demonio! Mi hija
tiene diecisiete años, y vuestro hijo veintiuno. Durante el plazo, el tiempo
mismo os dirá las razones que me impulsan a obrar así. Las cosas que un día le
parecen a uno oscuras, al siguiente están claras como el agua. Hay veces en que
las calumnias...
-¿Calumnias habéis dicho, caballero? -exclamó Morcef poniéndose lívido-. ¿Me han
calumniado a mí?
-Señor conde, no entremos en explicaciones, os lo suplico.
-De modo, caballero, que debo aguantar tranquilamente esa negativa...

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