los llama, manifestaron deseos de volver a Francia, en lo que consintió
exhortándoles a servir a su buen rey. Tales fueron sus propias palabras, señor
conde, lo sé de buena tinta.
-Y ahora, Blacas, ¿qué diréis? -exclamó el triunfante monarca dejando de
compulsar el volumen que tenía abierto delante de él.
-Digo, señor, que o el ministro de policía o yo nos equivocamos; peso como es
imposible que el equivocado sea él, que tiene el cargo de velar por Vuestra
Majestad, es más probable que yo lo sea. No obstante, señor, yo en lugar vuestro
interrogaría por mí mismo a la persona que aludo; y por mi parte insistiré en
que siga Vuestra Majestad este consejo.
-Enhorabuena, conde. Presentádmelo y lo recibiré; pero con las armas en la mano.
Señor ministro, ¿tenéis algún parte de fecha más moderna que éste, que es del 20
de febrero y estamos a 3 de marzo?
-No, señor; pero lo estaba esperando de un momento a otro, cuando salí esta
mañana, y es posible que haya llegado durante mi ausencia.
-Id, pues, a la prefectura, y si no ha llegado..., ejem..., ejem... -dijo riendo
Luis XVIII-, inventad uno. ¿Sería la primera vez...? ¿Eh?
-¡Oh, señor! --dijo el ministro-, a Dios gracias, nada hay que inventar en
cuanto a eso; porque todos los días nos llueven denuncias, y muy detalladas, de
infelices que creen hacer un servicio y esperan que se les pague. La mayor parte
ven visiones; pero esperan que la casualidad las convierta hoy o mañana en
realidad.
-Está bien, id, y tened en cuenta que os espero -dijo el rey Luis XVIII.
-No haré sino it y volver. Antes de diez minutos estoy de vuelta.
-Yo, señor, voy en busca de mi mensajero -dijo el señor de Blacag.
-Aguardad, aguardad un instante -respondió Luis XVIII-. A decir verdad, conde,
debo cambiaros las armas del escudo: pondréis desde ahora un águila volando con
una presa entre sus garras que pugna en vano por escapársele, y esta divisa:
Tenax.
-Ya escucho, señor-dijo impaciente el señor de Blacas.
-Quería consultaros sobre este pasaje: Molli fugies anhelitu..., ya sabéis...,
se trata del ciervo que huye del lobo. ¿No sois cazador, y de lobos? Entonces,
¿qué os parece el molli anhelitu?
-¡Admirable, señor!, pero mi hombre es como el ciervo de que habláis. En tres
días escasos ha recorrido doscientas veinte leguas, en silla de posta.
-Buena tontería, cuando el telégrafo sin cansarse nada gasta tres o cuatro horas
solamente.
-¡Ah, señor!, qué mal pagáis a ese pobre joven, que viene tan apresurado a dar a
Vuestra Majestad un aviso útil. Aunque no sea sino por el señor de Salvieux que
me lo recomienda, os ruego que le recibáis bien.
-¿El señor de Salvieux, el chambelán de mi hermano?
-El mismo.
-Está efectivamente en Marsella.
-Desde allí me ha escrito,
-¿Os habla también de esa conspiración?
-No; pero me recomienda al señor de Villefort, encargándome que le traiga a la
presencia de Vuestra Majestad.
-¡El señor de Villefort! -exclamó el rey-. ¿Ese mensajero es el señor de
Villefort?
-Sí, señor.
-¿Y es el que viene de Marsella?
-En persona.
-¿Por qué no me dijisteis su nombre desde un principio? -exclamó el rey, cuyo
semblante reflejó de repente cierto aire de inquietud.
-Creía que os era desconocido.
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