-Bien, entonces después de esa primera visita cuento con vos.
-Os repito mis excusas, señor Morrel; pero después de esa primera visita quiero
hacer otra no menos interesante a mi corazón.
-¡Ah!, es verdad, Dantés, me olvidaba de que en el barrio de los Catalanes hay
una persona que debe esperaros con tanta impaciencia como vuestro padre, la
hermosa Mercedes.
Dantés se sonrojó intensamente.
-Ya, ya -repuso el naviero-; por eso no me asombra que haya ido tres veces a
pedir información acerca de la vuelta de El Faraón. ¡Cáspita! Edmundo, en verdad
que sois hombre que entiende del asunto. Tenéis una querida muy guapa.
-No es querida, señor Morrel -dijo con gravedad el marino-; es mi novia.
-Es lo mismo -contestó el naviero, riéndose.
-Para nosotros no, señor Morrel.
-Vamos, vamos, mi querido Edmundo -replicó el señor Morrel-, no quiero deteneros
por más tiempo. Habéis desempeñado harto bien mis negocios para que yo os impida
que os ocupéis de los vuestros. ¿Necesitáis dinero?
-No, señor; conservo todos mis sueldos de viaje.
-Sois un muchacho muy ahorrativo, Edmundo.
-Y añadid que tengo un padre pobre, señor Morrel.
-Sí, ya sé que sois buen hijo. Id a ver a vuestro padre.
El joven dijo, saludando:
-Con vuestro permiso.
-Pero ¿no tenéis nada que decirme?
-No, señor.
-El capitán Lederc, ¿no os dio al morir una carta para mí?
-¡Oh!, no; le hubiera sido imposible escribirla; pero esto me recuerda que
tendré que pediros licencia por unos días.
-¿Para casaros?
-Primeramente, para eso, y luego para ir a París.
-Bueno, bueno, por el tiempo que queráis, Dantés. La operación de descargar el
buque nos ocupará seis semanas lo menos, de manera que no podrá darse a la vela
otra vez hasta dentro de tres meses. Para esa época sí necesito que estéis de
vuelta, porque El Faraón -continuó el naviero tocando en el hombro al joven
marino- no podría volver a partir sin su capitán.
-¡Sin su capitán! -exclamó Dantés con los ojos radiantes de alegría-. Pensad lo
que decís, señor Morrel, porque esas palabras hacen nacer las ilusiones más
queridas de mi corazón. ¿Pensáis nombrarme capitán de El Faraón?
-Si sólo dependiera de mí, os daría la mano, mi querido Dantés, diciéndoos...
"es cosa hecha"; pero tengo un socio, y ya sabéis el refrán italiano: Chi a
compagno a padrone. Sin embargo, mucho es que de dos votos tengáis ya uno; en
cuanto al otro confiad en mí, que yo haré lo posible por que lo obtengáis
también.
-¡Oh, señor Morrel! -exclamó el joven con los ojos inundados en lágrimas y
estrechando la mano del naviero-; señor Morrel, os doy gracias en nombre de mi
padre y de Mercedes.
-Basta, basta -dijo Morrel-. Siempre hay Dios en el cielo para la gente honrada;
id a verlos y volved después a mi encuentro.
-¿No queréis que os conduzca a tierra?
-No, gracias: tengo aún que arreglar mis cuentas con Danglars. ¿Os llevasteis
bien con él durante el viaje?
-Según el sentido que deis a esa pregunta. Como camarada, no, porque creo que no
me desea bien, desde el día en que a consecuencia de cierta disputa le propuse
que nos detuviésemos los dos solos diez minutos en la isla de Montecristo,
proposición que no aceptó. Como agente de vuestros negocios, nada tengo que
decir y quedaréis satisfecho.
-Si llegáis a ser capitán de El Faraón, ¿os llevaréis bien con Danglars?
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