Alberto se volvió hacia Haydée.
-¿A qué edad salisteis de Grecia? -preguntó.
-A los cinco años -respondió Haydée.
-¿Y os acordáis de vuestra patria? -preguntó Alberto.
-Cuando cierro los ojos, veo todo lo que he visto. Hay dos miradas: La mirada
del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre.
-¿Y cuál es la época más remota de que tenéis memoria?
-Apenas andaba. Mi madre, a quien llaman Basiliki, Basiliki quiere decir real -
añadió la joven levantando la cabeza- mi madre me cogía de la mano y cubiertas
las dos con un velo, después de haber puesto en el fondo de la bolsa todo el oro
que poseíamos, íbamos a pedir limosna para los prisioneros, diciendo:
-El que da a los pobres presta al Eterno. Luego, cuando estaba llena la bolsa,
volvíamos al palacio, y sin decir nada a mi padre, enviábamos este dinero que
nos habían dado, tomándonos por unas mendigas, a un convento que lo repartía
entre los prisioneros.
-Yen esa época, ¿qué edad teníais?
-Tres años -dijo Haydée.
-Entonces o; tiempo.
-De todo.
-Conde -dijo en voz baja Morcef a Montecristo-, debierais permitir a la signora
que nos contase algo de su historia. Me habéis prohibido que le hable de mi
padre, pero tal vez ella me hablará de él, y no sabéis cuánto gusto tendré en
oír pronunciar mi nombre por una boca tan hermosa.
Montecristo se volvió hacia Haydée, y con una seña que indicaba prestase la
mayor atención a la recomendación que iba a hacerle, le dijo en griego:
-Patros men aten, ma de onoma prodotu kai prodosiam, eipe emin[L2].
Haydée lanzó un suspiro y una nube sombría pasó por su frente tan pura.
-¿Qué le decís? -preguntó en voz baja Morcef.
-Le repito que sois mi amigo y que no tiene por qué ocultarse delante de vos.
-Así, pues -dijo Alberto-, aquella piadosa cuestación para los prisioneros es
vuestro primer recuerdo, ¿cuál es el otro?
-¿El otro...? Me veo bajo la sombra de los sicómoros, junto a un lago cuyas
aguas temblorosas percibo a través de las hojas de los árboles. Contra el más
viejo y el más frondoso estaba mi padre sentado sobre almohadones, y yo, débil
niña, mientras mi madre estaba recostada a sus pies, jugaba con su larga barba
blanca, que le llegaba hasta el pecho, y con el alfanje de puño de diamantes que
de su cintura pendía. Luego, veo cuando se le acerca un albanés que le decía
algunas palabras a las cuales daba muy poca importancia y respondía con el mismo
tono de voz: Matadle o ¡perdonadle!
-Es extraño -dijo Alberto- oír tales cosas de boca de una joven, fuera del
teatro y pudiendo decir: Esto no es ficción, no es mentira. ¡Ah! -añadió-. ¿Cómo
halláis Francia después de haber visto aquel Oriente tan poético, aquellos
paisajes tan maravillosos?
-Creo que es un hermoso país -dijo Haydée-, pero yo miro a Francia tal cual es,
porque la miro con ojos de mujer. Mientras que, al contrario, mi país que sólo
he visto con mis ojos infantiles, está siempre envuelto en la niebla luminosa o
sombría, según mis recuerdos hacen de ella una hermosa patria o un lugar de
amargos sufrimientos.
acordáis de todo lo que os ha ocurrido desde aquel
-Tan joven, signora -dijo Alberto, cediendo a pesar suyo a un sentimiento de
compasión-, ¿cómo habéis podido sufrir?
Haydée se volvió hacia Monte-Cirsto, que murmuró haciéndola una seña
imperceptible.
-¡Eipe[L3]!
-Nada hay que forme el fondo del alina como los primeros recuerdos, y excepto
los dos que acabo de citaros, todos los demás de mi juventud son tristes.
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