baronesa que un hombre tan encantador pudiese abrigar malos designios contra
ellos.
Por otra parte, los corazones más corrompidos no pueden creer en el daño sino
apoyándolo en un interés cualquiera. El mal inútil y sin causa repugna como una
anomalía. Cuando Montecristo entró en el gabinete donde ya hemos introducido a
nuestros lectores, y donde la baronesa seguía con miradas inquietas unos dibujos
que le presentaba su hija, después de haberlos mirado el señor Cavalcanti hijo,
su presencia produjo un efecto ordinario, y después de haberse trastornado un
poco al oír su nombre, trató de sonreír y saludó al conde. Este, por su parte,
abarcó toda la escena de una ojeada.
Al lado de la baronesa estaba Eugenia sentada sobre una butaca, delicadas. y
Cavalcanti, en pie, a su lado. Andrés, vestido de negro como un héroe de Goethe,
con zapatos bajos de charol y medias de seda blanca, pasaba una mano bastante
blanca y cuidada por sus rubios cabellos, en medio de los cuales brillaba un
diamante, que a pesar de los consejos del conde de MonteCristo, el vanidoso
joven no había podido resistir al deseo de poner en su dedo meñique. Este
movimiento iba acompañado de miradas asesinas lanzadas a la señorita Danglars, y
suspiros enviados en la misma dirección que las miradas.
La señorita Danglars continuaba siendo la misma, es decir, hermosa, fría a
irónica. Ni siquiera una de las miradas, uno de los suspiros del joven Andrés
pasaron inadvertidos para ella, pero hubiérase dicho que resbalaban sobre la
coraza de Minerva, coraza con que algunos filósofos cubren el pecho de Safo.
Eugenia saludó al conde con frialdad, y se aprovechó de las primeras
preocupaciones de la conversación para retirarse a su gabinete de estudio, donde
pronto se oyeron dos votes alegres y ruidosas, mezcladas a los primeros acordes
de un piano. Montecristo comprendió que la señorita Danglars prefería a la suya
y a la del señor Cavalcanti, la compañía de la señorita Luisa de Armilly, su
maestra de canto.
Entonces fue cuando, mientras hablaba con la señora Danglars, notó el conde la
solicitud del señor Andrés Cavalcanti, cómo iba a escuchar la música a la
puerta, que no se atrevía a abrir, y su manera de expresar su éxtasis y
admiración.
Al cabo de un rato entró el banquero; su primera mirada fue para Montecristo,
más la segunda para Andrés. En cuanto a su mujer, saludó ésta a su marido, como
solía hacerlo, con una frialdad y una ceremonia poco adecuada a un matrimonio de
veinte años.
-¡Cómo! ¿No os han invitado eras señoritas a cantar con ellas? -preguntó
Danglars a Andrés.
_¡Ah!, no señor-respondió éste, lanzando otro suspiro.
Danglars se adelantó hacía la puerta y la abrió.
Entonces se pudo ver a las dos jóvenes sentadas en el mismo sillón delante del
mismo piano. Cada una acompañaba con una mano, ejercicio al cual se habían
acostumbrado por capricho, y en el que habían adquirido una facilidad admirable.
La señorita de Armilly, que entonces pudo verse, gracias a la puerta, formando
con Eugenia un cuadro encantador, era también de una belleza notable o más bien
de una dulzura y una gratis
Era delgada y rubia como un hada, con unos rizos largos que caían sobre su
esbelto cuello, como suele pintar Perugino para sus vírgenes, y unos ojos
grandes, rasgados y velados por la fatiga. Decían que tenía la voz un poco
débil, y que, como Antonia, del Violín de Cremona, moriría un día cantando.
El conde de Montecristo dirigió a aquel grupo una mirada rápida y curiosa; era
la primera vez que veía a la señorita de Armilly, de quien tanto había oído
hablar en la cara.
-¡Y bien! -preguntó el banquero a su hija-, nos habéis excluido, ¿verdad?
Condujo entonces al joven al saloncito, y fuese por casualidad o por astucia,
detrás de Andrés se entornó la puerta, de modo que desde el sitio en que estaban
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