que vino a anunciarle que los caballos estaban ya enganchados a la silla de
posta.
El sustituto se levantó, o mejor dicho, saltó de la silla como aquel que triunfa
de una lucha secreta, y corriendo a su bufete puso en sus bolsillos todo el oro
que encerraban sus cajones. Luego dio por la estancia dos o tres vueltas con las
manos en la frente, articulando palabras sin sentido, hasta que los pasos del
ayuda de cámara que venía a ponerle la capa, le sacaron de su éxtasis, y
lanzándose al carruaje ordenó lacónicamente que parara en la calle de Grand-
Cours, en casa del marqués de Saint-Meran.
El infortunado Dantés estaba condenado.
Como le había prometido el señor de Saint-Meran, Renata y la marquesa estaban en
su gabinete. Al ver a la joven tembló el sustituto: porque pensaba que le
pediría de nuevo la libertad del preso; pero, ¡ay!, que es forzoso decirlo para
afrenta de nuestro egoísmo, la linda joven sólo pensaba en una cosa: en el viaje
que Villefort iba a emprender.
Le amaba, y Villefort iba a partir en el mismo instante en que habían de
enlazarse para siempre, y sin anunciar cuándo volvería. En vez de compadecer a
Edmundo, Renata maldijo al hombre que con su crimen la separaba de su amado.
¿Qué era entretanto de Mercedes?
La pobre había encontrado a Fernando en la esquina de la calle de la Logia, a
Fernando, que había seguido sus huellas, y volviendo a los Catalanes se arrojó
en su lecho moribunda y desesperada. De rodillas y acariciando una de sus
heladas manos, que Mercedes no pensaba en retirar, Fernando la cubría de
ardientes besos, ni siquiera sentidos de ella.
Así transcurrió la noche. Cuando no tuvo aceite se apagó la lámpara; pero
Mercedes no advirtió la oscuridad, como no había advertido la luz. Hasta la
aurora vino sin que ella la advirtiese.
El dolor había puesto en sus ojos una venda que no la dejaba ver más que a
Edmundo.
-¡Ah! ¿Estáis aquí? -exclamó al fin volviéndose a Fernando.
-Desde ayer no os he abandonado un momento -respondió éste lanzando un suspiro.
El señor Morrel, por su parte, no se había desanimado: supo que Dantés, después
de su interrogatorio, fue conducido a una prisión, y entonces corrió a casa de
todos sus amigos, y con todas aquellas personas de Marsella que gozaban de
alguna influencia; pero ya corría el rumor de que Dantés había sido preso por
agente bonapartista, y como en esa época hasta los visionarios tenían por
insensatez cualquier tentativa de Napoleón para recobrar su trono, el buen
Morrel, acogido con frialdad de todos, regresó a su casa desesperado, aunque
confesando que el lance era crítico, y que nadie podría disminuir su gravedad.
Caderousse también se había inquietado mucho por su parte. En lugar de revolver
el mundo como Morrel, en vez de hacer algo por Edmundo, encerróse con dos
botellas en su cuarto, a intentó ahogar su inquietud por medio de la embriaguez.
Pero en la situación moral en que se hallaba era poco dos botellas para hacerle
perder el juicio. Lo perdió, sin embargo, lo suficiente para impedirle que fuese
a buscar más vino, y demasiado poco para borrar sus recuerdos; con lo que,
puesta la cabeza entre las manos sobre la mesa coja, y al lado de sus dos
botellas, se quedó como si dijéramos entre dos luces, viendo danzar a la de su
candil aquellos espectros de que ha henchido Hoffman sus libros empapados en
ron.
Danglars era el único que no estaba inquieto ni atormentado, sino más bien
alegre, por haberse vengado de un enemigo, asegurando en El Faraón su empleo que
temía perder. Danglars era uno de esos hombres calculistas que nacen con una
pluma detrás de la oreja y un tintero por corazón. Para él todas las cosas del
mundo eran sumas o restas, y un número de más importancia que un hombre, cuando
el número podía aumentar la suma que el hombre podía disminuir.
Danglars se había acostado a la hora de costumbre y durmió tranquilamente.
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