-No, señor, nada más sencillo; bien sabéis que en ciertas enfermedades los
venenos son un remedio; la parálisis es una de éstas. Hará unos tres meses que,
después de haber hecho todo cuanto podía para devolver el movimiento y la
palabra al señor Noirtier, me decidí a intentar el último medio; hará unos tres
meses, repito, le trato por la brucina; así, pues, en la última bebida que le
mandé entraban seis centigramos, que no tienen acción sobre los órganos
paralizados del señor Noirtier, y a los cuales se ha acostumbrado además por
medio de dosis consecutivas; pero que son suficientes para matar a cualquier
otro que no sea él.
-Mi querido doctor, no hay ninguna comunicación entre el cuarto del señor
Noirtier y el de la señora de Saint-Merán, y Barrois nunca entraba en el de mi
suegra. En fin, doctor, os diré que aunque sepa que sois el hombre más
concienzudo, el más hábil, aunque siempre vuestras palabras sean para mí una
antorcha que me guíe por la oscuridad, a pesar de todo, tengo necesidad de
apoyarme en este axioma: errare humanum est.
-Escuchad, Villefort -dijo el galeno-; ¿hay alguno de mis colegas en quien
tengáis tanta confianza como en mí?
-¿Por qué me decís eso? ¿Adónde vais a parar?
-Llamadle, le diré todo lo que he visto, lo que he notado, y haremos la
autopsia.
-¿Y encontraréis señales del veneno?
-¡Veneno!, yo no he dicho eso; pero estudiaremos la exasperación del sistema,
reconoceremos la asfixia patente, incontestable, y os diremos: querido
Villefort, si ha sido por descuido, vigilad a vuestros criados; si ha sido por
odio, vigilad a vuestros enemigos.
-¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es lo que me proponéis, señor de Avrigny? -respondió
Villefort abatido-; desde el momento en que otro que vos posea el secreto, será
necesario un proceso, ¡y un proceso en el que yo esté interesado es imposible!
Sin embargo, si queréis, si lo exigís, haré lo que decís. En efecto, tal vez
deba yo seguir este asunto; mi carácter me lo ordena. Pero, doctor, desde ahora
me veis aterrado; ¡introducir en mi casa tal escándalo después de tantas
desgracias! ¡Oh!, ¡mi mujer y mi hija morirían! Y yo, yo, doctor, bien lo
sabéis, no llega un hombre a ser lo que yo soy, no llega un hombre a ser
procurador del rey veinticinco años sin haberse acarreado enemigos; los míos son
numerosos... Esté acontecimiento los hará saltar de alegría, y a mí me cubrirá
de oprobio; doctor, perdonadme estas ideas mundanas. Si fueseis sacerdote, no me
atrevería a decíroslo; pero sois hombre, conocéis a los demás; doctor, doctor,
no me habéis dicho nada, ¿no es verdad?
-Querido señor de Villefort -respondió el doctor conmovido-, mi primer deber es
la humanidad. Yo habría salvado la vida a la señora de Saint-Merán si la ciencia
hubiera podido hacerlo; pero una vez muerta, me consagro a los vivos. Sepultemos
en lo más profundo de nuestros corazones este terrible secreto. Si los ojos de
algunos llegan a sospechar, permitiré que la muerte se achaque a mi ignorancia;
pero guardaré fielmente el secreto. Sin embargo, caballero, no dejéis de
indagar, porque probablemente esto no quedará así... Y cuando hayáis descubierto
al culpable, si llegáis a descubrirlo, yo seré el primero que os diga: " Sois
magistrado, obrad como mejor os parezca."
-¡Oh!, gracias, ¡gracias, doctor! -dijo Villefort con indescriptible alegría-,
jamás había tenido mejor amigo que vos.
Y como si hubiese temido que el doctor Avrigny se retractase de su
determinación, se levantó y le condujo hacia su casa.
Los dos hombres se alejaron, y Morrel, que necesitaba respirar, sacó la cabeza
del enramado, y la luna iluminó aquel rostro tan pálido, que más bien parecía el
de un fantasma.
"Dios me proteja -dijo- ¡Pero Valentina! ¡Valentina!, ¡pobre amiga! ¿Resistirá
tantos dolores?
|
|