Y Villefort salió de la estancia apresuradamente; pero ocurriósele al llegar a
la calle que un sustituto del procurador del rey podría ocasionar la alarma de
un pueblo con que se le viese andar muy de prisa. Volvió, pues, a su paso
ordinario, que era en verdad, digno de un juez.
Junto a la puerta de su casa parecióle distinguir una cosa como un fantasma
blanco que le esperaba inmóvil.
Era la linda catalana, que al no tener noticias de Edmundo, iba a enterarse por
sí misma de la causa del arresto de su amante.
Al acercarse Villefort salióle al paso, destacándose de la pared en que se
apoyaba. Como Dantés le había hablado ya de su novia, nada tuvo que hacer
Mercedes para que la reconociera. Villefort, sorprendido de la belleza y
dignidad de aquella mujer, y cuando le preguntó el paradero de su amado, le
pareció que él era el acusado y ella el juez.
-El hombre de quien habláis -dijo Villefort- es un gran criminal, y en nada
puedo favorecerle, señorita.
Mercedes lanzó un gemido, y detuvo a Villefort al ver que éste intentaba
proseguir su camino.
-Pero decidme al. menos dónde está, para que pueda siquiera informarme de si
vive aún o ha muerto.
-Ni lo sé, ni eso me atañe a mí -respondió Villefort.
Y molestado por aquellos ojos penetrantes y aquel ademán de súplica, rechazó
Villefort a Mercedes, y entró en su casa cerrando apresuradamente la puerta y
dejando a la joven entregada al dolor y a la desesperación.
Pero el dolor no se deja rechazar tan fácilmente. Parecido a la flecha mortal de
que habla Virgilio, el hombre herido por él lo lleva siempre consigo.
Aunque había cerrado la puerta, al llegar Villefort a su gabinete sintió que sus
piernas flaqueaban, y lanzando, más que un suspiro, un sollozo, dejóse caer en
un sillón.
Entonces brotó en el fondo de aquel pecho enfermo el primer germen de una úlcera
mortal. Aquel hombre sacrificado a su ambición, aquel inocente que pagaba culpas
de su propio padre, apareciósele pálido y amenazador, acompañado de su novia,
pálida como él, y seguido del remordimiento, no del remordimiento que hace
enloquecer al que lo sufre como en los antiguos sistemas fatalistas, sino de ese
sordo y doloroso golpear sobre el corazón, que a veces nos hiere como el
recuerdo de un crimen casi olvidado, herida cuyos dolores ahondan la llaga que
nos conduce a la muerte.
El alma de Villefort todavía vaciló un instante. Había pronunciado muchas
sentencias de muerte sin otra emoción que la de la lucha moral del juez con los
reos; y aquellos reos ajusticiados gracias a su terrible elocuencia, que
convenció al jurado y a los jueces, no puso en su frente una sola arruga, porque
aquellos hombres eran criminales, por lo menos en la opinión del sustituto. Mas
ahora variaba la cuestión; acababa de aplicar la reclusión perpetua a un
inocente que iba a ser feliz, arrebatándole la felicidad y además la libertad;
ya no era juez, era verdugo. Y al pensar en esto empezaba a sentir ese sordo
golpear que hemos descrito, desconocido de él hasta entonces; oído en el fondo
de su corazón, llenando su mente de quimeras. De este modo un dolor instintivo y
violento notifica a los que sufren que no deben sin temblar poner el dedo en sus
llagas antes que se cicatricen.
Pero la de Villefort era de esas que no se cicatrizan nunca, o que se cierran
aparentemente para volver a abrirse más enconadas y dolorosas.
Si en esta situación la dulce voz de Renata le hubiera recomendado clemencia; si
entrara la bella Mercedes a decirle: "En nombre de Dios que nos ve y nos juzga,
devolvedme a mi prometido" ¡Oh!, sí, aquella voluntad doblegada al cálculo
hubiese cedido, y sin duda con sus manos frías, a riesgo de perderlo todo,
hubiera firmado inmediatamente la orden de poner a Dantés en libertad; sin
embargo, ninguna voz le habló al oído, ni se abrió la puerta sino para el criado
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