-Una singular excitación nerviosa, un sueño agitado y extraño; esta mañana decía
que durante su sueño había visto entrar un fantasma en su cuarto, y haber oído
el ruido que hizo al tocar su vaso.
-Es singular --dijo el doctor-, yo no sabía que la señora de Saint-Merán
estuviera sujeta a esas alucinaciones.
-Es la primera vez que la he visto así -dijo Valentina-, y esta mañana me dio un
gran susto, la creí loca, y mi padre también parecía fuertemente afectado.
-Vamos a ver -dijo el señor de Avrigny-, me parece muy extraño todo lo que me
estáis diciendo.
El notario bajaba, y avisaron a Valentina de que su abuela estaba sola.
-Subid --dijo al doctor.
-¿Y vos?
-¡Oh!, yo no me atrevo, me había prohibido que os mandase llamar, y como decís,
yo misma estoy fatigada, febril, indispuesta, voy a dar una vuelta por el
jardín.
El doctor estrechó la mano de Valentina, y mientras él subía al cuarto de la
anciana, la joven bajó la escalera que conducía al jardín.
No tenemos necesidad de decir qué parte del jardín era el paseo favorito de
Valentina. Después de haber dado dos o tres vueltas por el parterre que rodeaba
la casa, cogió una rosa para ponerla en su cintura o en sus cabellos y se
dirigió a la umbrosa alameda que conducía al banco, y del banco a la reja.
Valentina dio esta vez, según su costumbre, dos o tres vueltas en medio de sus
flores, pero sin coger ninguna; su corazón dolorido, que aún no había tenido
tiempo de desahogarse con nadie, repelía este sencillo adorno; después se
encaminó hacia la alameda. A medida que avanzaba, le parecía oír una voz que
pronunciaba su nombre y se detuvo asombrada.
Entonces esta voz llegó más caramente a sus oídos, y reconoció la voz de
Maximiliano.
Capítulo séptimo
La promesa
Era Morrel, en efecto, que, desde la víspera, no vivía ya; con ese instinto
particular de los amantes y de las madres, había adivinado que, a consecuencia
de la vuelta de la señora de Saint-Merán y de la muerte del marqués, iba a
ocurrir algo en casa de Villefort que afectaría a su amor.
Como se verá, sus presentimientos se habían realizado, y ya no era una simple
inquietud lo que le llevó tan preocupado y tembloroso a la valla.
Pero Valentina no estaba prevenida de la visita de Morrel; no era aquella la
hora en que solía venir, y fue una pura casualidad, o si se quiere mejor, una
feliz simpatía la que le condujo al jardín.
En cuanto se presentó en él, Morrel la llamó; ella corrió a la valla.
-¿Vos a esta hora? -dijo.
-Sí, pobre amiga mía -respondió Morrel-; vengo a traer y a buscar malas
noticias.
-¡Esta es la casa de la desgracia! -dijo Valentina-; hablad, Maximiliano; pero
os aseguro que la cantidad de dolores es bastante crecida.
-Escuchadme, querida Valentina -dijo Morrel procurando contener su emoción para
poderse explicar-, os lo suplico, porque todo lo que voy a decir es solemne:
¿cuándo piensan casaros?
-Escuchad -dijo a su vez Valentina-, no quiero ocultaros nada, Maximiliano. Esta
mañana se ha hablado de mi boda, y mi abuela,
con la que contaba yo como un poderoso aliado, no solamente se ha declarado a su
favor, sino que la desea hasta tal punto, que en cuanto llegue el señor d'Epinay
será firmado el contrato.
Un suspiro ahogado exhalóse del pecho del joven, y la miró tristemente.
-¡Ay! -dijo en voz baja-,terrible es oír decir tranquilamente a la mujer que se
ama: el momento de vuestro suplicio está fijado, será dentro de algunas horas.
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