-¿Vais a partir? -exclamó Renata, sin poder ocultar la emoción que le causaba
esta noticia inesperada.
-¡Ay, señorita!, es necesario- respondió Villefort.
-¿Adónde vais? -preguntó la marquesa.
-Es un secreto, señora; sin embargo, si alguno de estos señores tiene algo que
mandar para París, sepa que un amigo mío, que está a sus órdenes, partirá esta
misma noche.
Todos se miraron unos a otros.
-¿No me habéis pedido una entrevista? -preguntó el marqués.
-Sí, pasemos, si os place, a vuestro gabinete.
El marqués cogió del brazo a Villefort y salió con él.
-Vamos, hablad, ¿qué es lo que ocurre? -exclamó el marqués cuando llegaron al
gabinete.
-Cosas que creo de alta importancia, y que exigen que me traslade a París
inmediatamente. Ante todo, marqués, y perdonadme lo indiscreto de la pregunta
que os hago, ¿tenéis papel del Estado?
-Tengo en papel toda mi fortuna. Unos seiscientos o setecientos mil francos.
-Pues vendedlo, vendedlo en seguida, o de lo contrario os vais a ver arruinado.
-¿Cómo queréis que desde aquí lo venda?
-¿Verdad que tenéis un corresponsal banquero?
-Sí.
-Dadme una carta para él, encargándole que venda esos créditos sin perder
tiempo. Quizá llegaré tarde.
-¡Diablo! -exclamó el marqués-; entonces no perdamos ni un minuto.
Y sentándose a la mesa se puso a escribir a su banquero una carta, encargándole
que vendiera a cualquier precio.
-Ahora que tengo esta carta -dijo Villefort guardándola cuidadosamente en su
camera-, necesito otra.
-¿Para quién?
-Para el rey.
-¿Para el rey?
-Sí.
-Pero yo no me atrevo a escribir directamente a Su Majestad.
-Tampoco os la pido a vos, sino que os encargo que se la pidáis al señor de
Salvieux. Es necesario que me dé una carta que me ayude a llegar hasta el rey
sin las formalidades y etiquetas que me harían perder un tiempo precioso.
-Pero ¿no podría serviros el guardasellos de intermediario? Tiene entrada en las
Tullerías a todas horas.
-Sí, mas no quiero partir con otro el mérito de la nueva de que soy portador.
¿Comprendéis? El guardasellos se lo apropiaría todo, hasta mi parte en los
beneficios. Baste, marqués, con esto que digo. Mi fortuna está asegurada si
llego antes que nadie a las Tullerías, porque voy a prestar al rey un servicio
que jamás podrá olvidar.
-En ese caso, amigo mío, id a hacer vuestros preparativos, mientras hago yo que
Salvieux escriba esa carta.
-No perdáis tiempo. Dentro de un cuarto de hora tengo que estar en la silla de
postas.
-Haced parar el carruaje en la puerta.
-Me disculparéis, ¿no es verdad?, con la señora marquesa y con Renata, a quien
dejo en ocasión tan grata con el más profundo sentimiento.
-En mi gabinete las encontraréis a la hora de vuestra partida.
-Gracias mil veces. No olvidéis la carta.
El marqués llamó y poco después se presentó un lacayo.
-Decid al conde de Salvieux que le espero aquí. Ya podéis iros -continuó el
marqués dirigiéndose a Villefort.
-Bueno; al instante estoy de regreso.

45