La señora de Morcef no perdía de vista a Montecristo. Vio pasar la bandeja sin
que tomase nada de ella; también observó el movimiento que hizo cuando el criado
le presentó la bandeja.
-Alberto -dijo-, ¿no habéis reparado en una cosa?
-¿Qué es ello, madre mía?
-Que el conde no acepta la comida en casa del señor de Morcef.
-Sí, pero aceptó el almuerzo en mi casa, puesto que por ese almuerzo hizo su
entrada en el mundo.
-Vuestra casa no es la del conde -murmuró Mercedes-, y desde que está aquí, no
le pierdo de vista.
-¿Y qué?
-Que no ha tomado nada.
-El conde es muy sobrio.
Mercedes se sonrió tristemente.
-Acercaos a él, y a la primera bandeja que pase, insistid.
-¿Por qué motivo, madre mía?
-Hacedme ese favor, Alberto -dijo Mercedes.
Alberto besó la mano de su madre y fue a colocarse junto al conde.
Pasó otra bandeja cargada como las precedentes: Alberto insistió aún, tomó un
helado y se lo presentó, pero rehusó obstinadamente.
Alberto volvió al lado de su madre; la condesa estaba muy pálida.
-¡Y bien! -dijo-, ya veis como no ha querido tomar nada.
-Sí, ¿pero por qué os preocupa esto tanto?
-Bien lo sabéis, Alberto; las mujeres somos muy singulares. Hubiera visto con
placer tomar al conde algo en mi casa, aunque no fuese más que un grano de
granada. Quizá no esté al corriente de
las costumbres francesas, tal vez tiene preferencia por alguna cosa.
-¡Oh!, no, no, yo le he visto en Italia comer de todo; sin duda está indispuesto
esta noche.
-¡Oh!, tal vez -dijo la condesa-, como ha habitado siempre climas ardientes, es
menos sensible que cualquier otro al calor.
-No lo creo así, porque se quejaba de que se ahogaba de calor, y preguntaba por
qué no han abierto las celosías, puesto que han abierto las ventanas.
-En efecto -dijo Mercedes-, ése es un medio de asegurarme si esa abstinencia es
algo premeditado o no.
Y salió del salón.
Un instante después, las persianas se abrieron y a través de los jazmines que
rodeaban las ventanas, pudo verse todo el jardín iluminado con linternas, y la
cena servida debajo de una tienda.
Los bailadores y los jugadores lanzaron un grito de alegría; todos aquellos
pulmones medio sofocados aspiraban con delicia el aire que entraba en
abundancia.
Al momento volvió a entrar Mercedes más pálida que había salido, pero con la
seriedad que era de notar en ella en ciertas circunstancias. Se dirigió al grupo
en medio del cual se hallaba su marido.
-No encadenéis a estos señores, señor conde -dijo-; preferirán tal vez respirar
el aire del jardín a ahogarse aquí.
-¡Ah!, señora -dijo un viejo general muy galante-, no creo que iremos solos al
jardín.
-Bien-dijo Mercedes-, yo voy a daros el ejemplo.
Y dirigiéndose a Montecristo:
-Señor conde --dijo-, hacedme el honor de ofrecerme vuestro brazo.
El conde vaciló al oír estas sencillas palabras; después miró a Mercedes un
momento, rápido como el relámpago, y sin embargo, este momento fue un siglo para
la condesa, tantos pensamientos reflejaba aquella mirada.
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