-No, se le ha trasladado al subterráneo.
-Escucha -dijo Dantés-; yo no soy abate ni loco, que por desdicha tengo aún
completo mi juicio...; voy a hacerte una proposición.
-¿Cuál?
-No voy a ofrecerte un millón, porque no podría dártelo, pero sí cien escudos,
como quieras el primer día que vayas a Marsella llegar a los Catalanes con una
carta mía, para una joven que se llama Mercedes... ¿Qué digo carta? Cuatro
letras.
-Si se descubriera que había llevado esas cuatro letras, perdería mi destino,
que vale mil libras anuales, sin contar las propinas y la comida. ¿No será
imbecilidad que yo aventure mil libras por trescientas?
-Pues oye, y tenlo presente -dijo Edmundo-. Si te niegas a avisar al gobernador
de que deseo hablarle; si te niegas a llevar mi carta a Mercedes, o siquiera a
notificarle que estoy preso aquí, te esperaré el día menos pensado detrás de la
puerta, y cuando entres te romperé el alma con ese banco.
-¡Amenazas a mí! -exclamó el carcelero retrocediendo y poniéndose en guardia-.
Por lo visto se os trastorna el juicio. Como vos principió el abate: dentro de
tres días estaréis como él, loco de atar. Por fortuna hay subterráneos en el
castillo de If.
Dantés cogió el banco y lo hizo girar en ademán amenazador.
-¡Está bien! ¡Está bien! -dijo el carcelero-; vos lo habéis querido. Voy a
prevenir al gobernador.
-¡Enhorabuena! -respondió Dantés colocando el banco en su sitio, y sentándose
con la cabeza baja y la mirada vaga, como si realmente se hubiera vuelto loco.
Salió el carcelero, y un momento después volvió con cuatro soldados y un cabo.
-De orden del gobernador -les dijo-, llevad a este hombre a los calabozos del
piso bajo.
-¿Al subterráneo? -preguntó el cabo.
-Al subterráneo: los locos deben estar con los locos.
Los cuatro soldados se apoderaron de Dantés, que los seguía sin ofrecer
resistencia.
Bajaron quince escalones, y se abrió la puerta de un subterráneo, en el que
entró murmurando:
-Tienen razón: los locos, con los locos.
La puerta se cerró y Dantés caminó hacia delante hasta tropezar con la pared:
entonces se acurrucó inmóvil en un ángulo, mientras sus ojos, acostumbrados a la
oscuridad, comenzaban a distinguir los objetos.
El carcelero tenía razón. Poco le faltaba a Dantés para perder el juicio.
Capítulo noveno
La noche de bodas
Como hemos dicho, Villefort tomó el camino de la plaza del GrandCours, y de la
casa de la marquesa de Saint-Meran, donde encontró a los convidados tomando café
en el salón, después de los postres.
Renata le aguardaba con una impaciencia de que participaban todos, por lo que la
acogida que tuvo fue una exclamación general.
-¡Hola, señor corta-cabezas, columna del Estado, moderno Bruto realista! -
exclamó uno de los presentes-; ¿qué hay de nuevo?
-¿Nos amenaza quizás otro régimen del Terror? -preguntó otro.
-¿Ha salido de su caverna el ogro de Córcega? -añadió un tercero.
-Señora marquesa -dijo Villefort acercándose a su futura suegra-,vengo a
suplicaros que me perdonéis. La necesidad me obliga a dejaros... ¿Tendré el
honor, señor marqués, de hablaros un instante en secreto?
-¿Tan grave es el asunto...? -murmuró la marquesa al notar la nube que
ensombrecía el rostro de Villefort.
-Tan grave que me obliga a despedirme de vos para una corta ausencia. ¡Mirad si
será grave! -añadió volviéndose a Renata.
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