-¿Y bien? -inquirió.
-Ha ido al palacio -respondió el mayordomo.
-¿Ha permanecido allí mucho tiempo?
-Hora y media.
-¿Y ha vuelto a su casa?
-Directamente.
-Pues bien, mi querido Bertuccio -dijo el conde-, si queréis seguir mi consejo,
creo que debierais ir a Normandía, a ver si encontráis aquel terreno de que ya
os he hablado.
Bertuccio saludó, y como sus deseos estaban en perfecta armonía con la orden que
había recibido, partió aquella misma noche.
El señor de Villefort cumplió la palabra dada a Danglars, procurando averiguar
de qué modo había podido saber Montecristo la historia de la casa de Auteuil.
Aquel mismo día escribió a un tal señor Boville, que, después de haber sido
inspector de prisiones, adquirió un grado superior en la Policía de Seguridad,
para tener los informes que deseaba, y éste pidió dos días de plazo para saber
de seguro los informes que pudiera obtener.
Expirado el plazo, el señor de Villefort recibió la nota siguiente:
"La persona llamada el conde de Montecristo es conocido muy particularmente de
Lord Wilmore, rico extranjero que viene a París algunas veces, y que está en él
hace algunos meses; es también conocido del abate Busoni, sacerdote siciliano de
gran reputación en Oriente, y he aquí los informes que recibió:
El abate, que no se encontraba en París más que por un mes, vivía detrás de San
Sulpicio, en una casita compuesta de un solo piso y unos bajos; cuatro piezas,
dos arriba y dos abajo, formaban toda la morada, de la que él era el único
inquilino.
Las dos piezas bajas constaban de un comedor con mesas, sillas y un bufete de
nogal, y un salón blanqueado, sin adornos, sin tapices y sin reloj. Se conocía
que el abate no se servía sino de los objetos que le eran más necesarios.
Verdad es que el abate habitaba con preferencia el salón del piso principal.
Este salón, en el que abundaban los libros de teología y los pergaminos, en
medio de los cuales se le veía enterrarse, según decía su criado, meses enteros,
era en realidad, más una biblioteca que un salón.
Este criado miraba a través de un ventanillo a las personas que iban a visitar a
su señor, y cuando su fisonomía le era desconocida, o no le agradaba, respondía
que el señor abate no estaba en París, con lo cual muchos quedaban satisfechos,
pues sabían que viajaba a menudo y permanecía largo tiempo de viaje.
Además, ora estuviese en su casa o no estuviese, ora se hallase en París o en El
Cairo, el abate daba siempre, por el ventanillo que servía de torno, limosnas
que el criado repartía en nombre de su amo.
El otro aposento, situado junto a la biblioteca, era una alcoba. Una cama sin
cortinas, cuatro sillones y un sofá de terciopelo de Utrecht amarillo eran,
junto con un reclinatorio, todos los muebles de la pieza.
En cuanto a lord Wilmore, vivía en la calle de Fontaine-SaintGeorges. Era uno de
esos ingleses ambulantes que gastan toda su fortuna en viajes.
Tenía alquilada la habitación a la cual iba a pasar dos o tres horas al día, y
donde rara vez dormía.
Una de sus manías era la de no querer absolutamente hablar la lengua francesa,
que, sin embargo, escribía con extraordinaria perfección. >
Al día siguiente en que fueron entregados estos informes al procurador del rey,
un hombre que se apeaba de un coche de alquiler en la esquina de la calle de
Feron, detrás de San Sulpicio, fue a llamar a una puerta pintada de verde, y
preguntó por el abate Busoni.
-Ya os he dicho que no está -repitió el criado.
-Entonces, cuando vuelva, dadle esta carta y este papel. ¿Estará el señor abate
esta tarde a las ocho?
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