imaginación toda su vida pasada, y preguntándose qué crimen había cometido en
aquella vida tan corta aún para merecer tan duro castigo, y así pasó todo el
día.
Algunos bocados de pan y algunas gotas de agua fueron todo su alimento. Ora se
sentaba absorto en sus meditaciones, ora giraba en torno de su cuarto como una
fiera enjaulada.
Una idea le atormentaba sobre todas. Durante la travesía, ignorando su destino,
permaneció tranquilo a inmóvil, cuando pudo muchas veces arrojarse al mar, donde
gracias a que era gran nadador y buzo de los más célebres de Marsella, hubiera
escapado por debajo del agua a la persecución de los gendarmes, y ganada la
costa, huido a una isla desierta, con la esperanza de que algún navío genovés o
catalán le llevase a Italia o a España. Desde allí escribiría a Mercedes que
viniera a reunirse con él. Ni por asomo le inquietaba la miseria en ninguna
parte del mundo a que fuese, pues los buenos marinos en todas son raros, sin
contar que hablaba el italiano como un toscano, y el español como un castellano
viejo. De este modo, pues, habría vivido libre y feliz con Mercedes y con su
padre, que también se les juntaría, mientras en la presente situación, encerrado
en el castillo de If, sin esperanzas, ni aun el consuelo tendría de saber de su
padre y de Mercedes. ¡Y todo por haberse fiado de las palabras de Villefort!
Motivo era para perder el juicio.
A la misma hora de la mañana siguiente volvió el carcelero.
-¿Seréis ya más razonable? -le preguntó.
Dantés no le respondía.
-Vamos, valor -prosiguió aquél-. ¿Deseáis algo que yo pueda proporcionaros?
Decidlo.
-Deseo ver al gobernador.
-¡Ea!, ya os dije que es imposible -repuso el carcelero con impaciencia.
-¿Por qué?
-Porque el reglamento no lo permite a los presos.
-¿Qué es lo que les permite, entonces?
-Que coman mejor, si lo pagan, que salgan a pasear y tal vez lean.
-Ni quiero leer, ni pasear, ni comer mejor. Sólo quiero ver al gobernador.
-Si me fastidiáis repitiéndome lo mismo -prosiguió el carcelero-, no os traeré
de comer.
-Pues me moriré de hambre, no me importa -dijo Dantés.
El acento de estas palabras dio a entender al carcelero que no sería el morir
desagradable a Edmundo; y como por cada preso tenía diez cuartos diarios sobre
poco más o menos, calculando el déficit que su falta le ocasionaría, respondió
en tono más dulce:
-Escuchad: ese deseo es imposible; desechadlo, porque no hay ejemplo de que haya
bajado una sola vez el gobernador al calabozo de un preso; pero si os portáis
cuerdamente se os concederá pasear, con lo que acaso algún día veáis al
gobernador, y entonces podréis hablar con él.
-Pero ¿cuánto tiempo -dijo Edmundo- tendré que esperar a que se presente esa
ocasión?
-¡Diantre! -respondió el carcelero-: Un mes, tres meses, medio año o quizás un
año entero.
-Eso es mucho -exclamó Dantés-. Quiero verle en seguida.
-No seáis terco; no os empeñéis en ese imposible, o antes de quince días os
habréis vuelto loco.
-¿Lo creéis así? -dijo Dantés.
-Sí, loco; así es como empieza la locura. Aquí tenemos un ejemplar. Con el tema
de ofrecer un millón al gobernador si le ponía en libertad, ha perdido el seso
un abate que antes que vinierais ocupaba este calabozo.
-¿Y cuánto tiempo hace que salió de aquí?
-Dos años.
-¿En libertad?

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