pero vos, ¿qué tenéis que temer en todo esto, vosotros los hombres a quienes el
mundo disculpa todo, y a quienes el escándalo ennoblece?
-Señora -repuso Villefort-, vos me conocéis; yo no soy hipócrita, o por lo menos
no lo soy sin razón. Si mi frente es severa, es porque muchas desgracias la han
oscurecido; si mi corazón se ha petrificado, es a fin de poder sobrellevar las
fuertes emociones que ha recibido. No era yo así en mi juventud, no era yo así
aquella noche de bodas en que todos estábamos sentados alrededor de una mesa en
la calle del Cours de Marsella... Pero después todo ha cambiado en mí y a mi
alrededor; mi vida ha transcurrido en perseguir cosas difíciles y en destruir en
las dificultades a los que voluntaria o involuntariamente, por su libre albedrío
o debido al azar, se cruzaban en mi camino. Es raro que lo que uno desea
ardientemente no les esté prohibido a las personas de quienes quiere uno
obtenerlo, o a quienes piensa arrancárselo. Así, pues, la mayor parte de las
malas acciones de los hombres les salen al encuentro disfrazadas bajo la forma
que el caso requiere; una vez cometida la mala acción en un momento de
exaltación, de temor o delirio, se comprende que uno habría podido evitarla. El
medio que se debiera emplear en aquel momento se presenta entonces a vuestros
ojos fácil y sencillo, decís: ¿cómo no he hecho esto en lugar de hacer aquello?
Vosotras, al contrario, rara vez sois atormentadas por los remordimientos,
porque rara vez sois las que decidís; vuestras desgracias os son impuestas casi
siempre; vuestras faltas son casi siempre la culpa de otros.
-Pero, al menos, caballero, convenid en que, si yo he cometido una falta
personal, ayer recibí un severo castigo.
-¡Pobre mujer! -dijo Villefort estrechándole la mano-, muy severo para vuestras
fuerzas, porque dos veces estuvisteis a punto de sucumbir, y sin embargo...
-¿Qué?
-Debo deciros..., haced acopio de ánimo y valor, señora, ¡porque aún no lo
sabéis todo... !
-¡Dios mío! -exclamó la señora Danglars aterrada-, ¿qué más hay?
-Vos no miráis más que lo pasado, y seguramente es sombrío. ¡Pues bien!,
figuraos un porvenir más sombrío aún..., espantoso..., ¡sangriento tal vez!
La baronesa conocía la serenidad de Villefort, y se asombró tanto de su
exaltación, que abrió la boca para gritar, pero el grito murió en su garganta y
preguntó:
-¿Cómo ha resucitado ese pasado terrible?
-¿Cómo? -exclamó Villefort-. ¡Del fondo de la tumba y del fondo de nuestros
corazones, donde dormía, ha salido como un fantasma, para hacer palidecer
nuestras mejillas y enrojecer nuestras frentes!
Herminia dijo:
-¡Ayl, ¡sin duda por casualidad!
-¡Por casualidad! -repuso Villefort-; ¡no, no, señora, no existe la casualidad!
-¿Pero no es una casualidad la que ha conducido esto? ¿No ha sido una casualidad
que el conde de Montecristo comprase aquella casa? ¿No hizo cavar la tierra en
aquel mismo sitio por casualidad? ¿No ha sido casualidad que aquel desgraciado
niño fuese enterrado debajo de los árboles? ¡Pobre inocente criatura, a quien
jamás he podído dar un beso y a quien tantas lágrimas he dedicado! ¡Ah!, mi
corazón palpitó fuertemente cuando oí hablar al conde de aquella infeliz
criatura cuyos despojos encontró debajo de las flores.
-¡Pues bien!, ahí está el error, señora.
-¡Cómo!
-Sí -respondió Villefort con voz sorda-, esto es la terrible noticia que tenía
que comunicaros; no, no ha habido tales despojos debajo de las flores; no, no se
le debe llorar; no, no se debe gemir, sino temblar.
-¿Qué queréis decir...? -exclamó la señora Danglars estremeciéndose
convulsivamente-, ¡explicaos, por Dios!, aclarad el misterio que encierran
vuestras palabras.
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