soldados por el camino; conoció que subía una escalera que le obligaba a alzar
los pies, y que entraba por una puerta, y que esta puerta se cerraba detrás de
él; pero todo maquinalmente, como a través de una nube, sin distinguir nada con
claridad. Ya ni siquiera veía el mar, esa fuente de dolores para los presos, que
contemplan su espacio afligidos por no poderlo salvar.
En un momento que hicieron alto, procuró Edmundo recogerse en sí mismo, y darse
cuenta de su situación. Miró en derredor, y vio que se encontraba en un patio
cuadrado de altísimas paredes; oíase a lo lejos el paso acompasado de los
centinelas, y tal vez cuando pasaban al resplandor proyectado en los muros por
dos o tres luces que había dentro del castillo, veía brillar el cañón de sus
fusiles.
Aguardaron allí como por espacio de diez minutos. Seguros de que ya no podría
escapárseles, los gendarmes habían abandonado a Dantés. Parecía que esperasen
órdenes, órdenes que al fin llegaron.
-¿Dónde está el preso? -preguntó una voz.
-Aquí -respondieron los gendarmes.
-Que venga conmigo, voy a llevarle a su departamento.
-Id -dijeron los gendarmes a Dantés.
Siguió el preso a su guía, que, en efecto, le condujo a una sala casi
subterránea, cuyas paredes negras y húmedas parecía que sudasen lágrimas. Una
especie de lámpara, de fétida grasa en vez de aceite, ardía sobre un banco
iluminando aquella mansión horrible. Con su luz pudo reconocer Dantés a su
conductor, carcelero subalterno, mal vestido y de mala facha.
-He aquí vuestro cuarto para esta noche -le dijo- Es ya tarde y el señor
gobernador está acostado. Cuando mañana se levante, según las órdenes que tenga,
acaso os mudarán de domicilio. Mientras tanto, aquí tenéis pan, agua en ese
cántaro, y paja allí en un rincón. Es cuanto puede un preso desear. Buenas
noches.
Y antes de que Dantés hubiera pensado en contestar, antes que reparase dónde
ponía el pan el carcelero, antes que comprendiese dónde estaba el cántaro ni en
qué rincón la paja, había el carcelero cogido la lamparilla, y cerrando la
puerta, le había robado aquella mezquina luz, que como la de un relámpago hizo
distinguir al preso las grasientas paredes de su calabozo.
Por consiguiente, encontróse solo, en silencio y oscuridad, mudo y triste como
aquellas paredes cuyo frío glacial helaba el sudor de su frente.
Cuando el primer albor de la aurora envió a aquel antro un poco de claridad,
volvió el carcelero con orden de dejarle en el mismo calabozo. Dantés ni
siquiera había mudado de sitio, cual si una mano de hierro le hubiese clavado en
él la víspera. Inmóvil y con la cabeza baja, notábasele una alteración
solamente: casi cubiertos los ojos por una hinchazón producida por la humedad.
Así había pasado toda la noche: de pie, sin dormir un solo instante.
Acercósele el carcelero, y aún dio en torno suyo algunas vueltas: pero parecía
que Dantés no le veía. Al fin le dio un golpecito en la espalda, que le hizo
estremecer.
-¿Habéis dormido? -le preguntó el carcelero.
-No lo sé -respondió Dantés.
El carcelero le miró sorprendido.
-¿Tenéis hambre? -prosiguió.
-No lo sé -respondió de nuevo Dantés.
-¿Queréis algo?
-Quisiera ver al gobernador.
El carcelero se encogió de hombros y se marchó.
Siguióle Dantés con la vista, extendiendo los brazos a la puerta entreabierta,
pero ésta se cerró de repente.
Entonces su pecho se desgarró, por decirlo así, en un interminable sollozo.
Corrieron a torrentes las lágrimas que hinchaban sus pupilas; púsose de hinojos
con la frente pegada al suelo, y a rezar por largo rato, repasando en su

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