-¿Y qué tengo yo que ver con vuestro malhumor? -respondió la baronesa, irritada
por la impasibilidad de su marido-; ¿me importa algo? Buen provecho os hagan
vuestros malos humores, y puesto que tenéis escribientes y empleados a vuestra
disposición, desahogaos con ellos.
-No -respondió Danglars-; desvariáis en vuestros consejos, señora; así, pues, no
los seguiré. Mis escribientes son mi Pactolo, como dice, según creo, el señor
Demoustier, y yo no quiero alterar su curso ni su calma. Mis empleados son
personas honradas, que me labran mi fortuna, y a quienes pago menos de lo que se
merecen; no, no, me guardaré bien de encolerizarme con ellos; con los que me
encolerizaré es contra las personas que se comen mi dinero, que usan de mis
caballos, abusando ya, y que están arruinando mi caja.
-¿Y quienes son las personas que arruinan vuestra caja? Explicaos con más
claridad, caballero.
-¡Oh!, tranquilizaos, si hablo por enigmas, no tardaré en daros la solución -
repuso Danglars-. Las personas que arruinan mi caja son las personas que sacan
de ella la suma de setecientos mil francos.
-No os comprendo, caballero -dijo la baronesa tratando de disimular a la vez la
emoción de su voz y el carmín que iba cubriendo sus mejillas.
-Al contrario, comprendéis perfectamente -dijo Danglars-; pero si vuestra mala
voluntad continúa así, os diré que acabo de perder setecientos mil francos.
-¡Ah!, ¡ah! -dijo la baronesa-, ¿acaso tengo yo la culpa de esa pérdida?
-¿Por qué no?
-¿Conque es culpa mía que vos hayáis perdido setecientos mil francos?
-Pues mía tampoco es.
-Acabemos de una vez, caballero -repuso agriamente la baronesa-, os he dicho que
no me habléis de caja; es una lengua que no he aprendido ni en casa de mis
padres, ni en casa de mi primer marido.
-Yo lo creo, sí, ¡diablo! -dijo Danglars-, porque ni los unos ni los otros
tenían un centavo.
-Razón de más para que no haya aprendido esa jerigonza del banco, que me
desgarra los oídos desde la mañana hasta la noche; ese dinero que cuentan y
vuelven a contar me es odioso, y el sonido de vuestra voz me es aún más
desagradable.
-¡Qué raro es lo que decís! -dijo Danglars-, ¡qué extraño es eso! ¡Y yo que
había creído que os tomabais el más vivo interés en mis operaciones!
-¡Yo! ¿Y quién os ha podido decir semejante tontería?
-¡Vos misma!
-¡Yo!
-Sin duda.
-Quisiera saber cuándo os he dicho tal cosa.
-¡Oh!, es muy fácil. En el mes de febrero último vos fuisteis la primera que me
hablasteis de los fondos de Haití; soñasteis que un buque entraba en el puerto
de Havfe, y traía la noticia de que iba a efectuarse un pago que se creía
remitido a las calendas griegas; hice comprar inmediatamente todos los vales que
pude encontrar de la deuda de Haití, y gané cuatrocientos mil francos, de los
cuales os fueron religiosamente entregados cien mil. Habéis hecho con ellos lo
que os dio la gana, eso no me interesa.
"En el mes de marzo, tratábase de una concesión de caminos de hierro. Tres
sociedades se presentaban ofreciendo garantías iguales. Me dijisteis que vuestro
instinto, y aunque os presumíais enteramente extraña a las especulaciones, yo lo
creo por el contrario muy desarrollado en esta materia; me dijisteis que vuestro
instinto os anunciaba que se daría el privilegio a la Sociedad llamada del
Mediodía. En seguida adquirí las dos terceras partes de las acciones de esta
Sociedad. Se le concedió, efectivamente, el privilegio, como habíais previsto:
las acciones triplicaron de valor, y gané un millón, del cual os fueron
entregados doscientos cincuenta mil francos. ¿En qué habéis empleado esta suma?
Esto no me interesa.
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