-Pero la consigna...
-La consigna no os prohíbe decirme lo que yo sabré dentro de diez minutos, o tal
vez antes. Con decírmelo me ahorráis siglos de incertidumbre. Os lo pregunto
como si fueseis mi amigo. Mirad: ni puedo ni quiero moverme ni huir. ¿Adónde
vamos?
-Si no estáis ciego, como hayáis salido alguna vez por mar de Marsella, podréis
adivinarlo.
-Pues no acierto.
-Mirad a vuestro alrededor.
Púsose Dantés de pie, y mirando hacia donde el barco parecía dirigirse,
distinguió en la oscuridad, a cien toesas, la negra y descarnada roca en que
campea como una esfinge el sombrío castillo de If.
Esta mole informe, esta prisión terrorífica que provee a Marsella de consejas y
tradiciones lúgubres, como Dantés no pensaba en ella, le hizo al distinguirla
aquel efecto que el cadalso hace al que va a morir.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡El castillo de If! ¿Qué vamos a hacer allí?
El gendarme se sonrió.
-No se me conducirá allí para dejarme preso -prosiguió Dantés-, porque el
castillo de If es una prisión de Estado donde entran sólo los grandes criminales
políticos. ¿Hay allí quizá jueces o magistrado?
-Yo supongo -dijo el gendarme- que no hay sino murallas de piedra, gobernador,
carceleros y guarnición. Ea, ea, amiguito, no os hagáis el sorprendido, que no
parece sino que me agradecéis con burlas mi complacencia.
Dantés apretó la mano del gendarme.
-¿Sospecháis que me llevan a encerrar al castillo de If?
-Es probable, camarada; pero no sé a qué viene el apretarme tanto la mano.
-¿Sin más formalidades? ¿Sin más averiguaciones?
-Las formalidades están cumplidas, y las averiguaciones hechas.
-¿De modo que a pesar de la promesa del señor de Villefort...?
-Ignoro si el señor de Villefort os ha prometido algo -dijo el gendarme-, pero
sé que vamos al castillo de If. ¡Eh! ¿Qué hacéis? ¡Camaradas, a mí!
Rápido como el rayo, Dantés había querido arrojarse al mar; pero los ojos
infatigables y peritos del gendarme lo habían adivinado, y cuatro brazos
vigorosos le sujetaron cuando ya sus pies iban a abandonar el suelo de la barca,
después de lo cual volvió a caer en el fondo de ésta, rugiendo de cólera.
-¡Muy bien! -exclamó el gendarme poniéndole sobre el pecho una rodilla-. ¡Muy
bien! ¡Así cumplís vuestras palabras de marino! ¡Quién se fía de moscas muertas!
Ahora, amiguito, si os movéis tan siquiera, os soplo una bala en el cráneo.
Falté a la primera parte de mi consigna, pero os juro que no faltaré a la
segunda.
Y Dantés sintió, en efecto, apoyado en su sien el cañón del mosquetón.
De momento estuvo tentado de hacer el movimiento que se le prohibía para acabar
de una vez con aquella serie de inesperadas desgracias; pero por lo mismo que
eran inesperadas, no pudo creerlas duraderas, y con esto, y con recordar las
promesas de Villefort, y con parecerle indigna, preciso es decirlo, aquella
muerte a manos de un gendarme en el fondo de una lancha, volvió a su sitio
primero, sollozando de ira y retorciéndose las manos con furor.
Casi en el mismo instante hizo temblar el barco un choque violentísimo. Saltó
uno de los remeros a la roca en que acababa de tocar la proa; crujió una maroma
enroscándose en una polea, y pudo comprender Edmundo que había llegado al
término del viaje y amarraban el bote.
En efecto, sus guardias, que le sujetaban a la vez por los brazos y por el
cuello, obligáronle a levantarse y a saltar a tierra, impeliéndole hacia los
escalones que conducían a la ciudadela, mientras que el municipal los seguía
detrás con la bayoneta calada.
Ya no hizo Dantés vanas resistencias. Su lentitud en el andar más le producía la
inercia que la resistencia, y daba traspiés como un borracho. Veía escalonarse

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