Estas dos causas eran suficientes para darle un aspecto lúgubre.
-¡Oh! -exclamó la señora Villefort-, en efecto, esto es espantoso.
La señora Danglars procuró articular algunas palabras que nadie oyó.
Hiciéronse muchas observaciones, cuyo resultado fue que, en efecto, la alcoba
forrada de damasco encarnado tenía un aspecto siniestro.
-¡Oh!, mirad --dijo Montecristo-, mirad qué bien colocada está esta cama,
envuelta en un tono sombrío; y esos dos retratos al pastel, cuyos colores ha
apagado la humedad, ¿no parecen decir con sus labios descoloridos que vieron
algo horrible?
Villefort palideció; la señora Danglars cayó sobre una silla que estaba colocada
junto a la chimenea.
-¡Oh! -dijo la señora de Villefort sonriendo-, ¿tenéis valor para sentaros sobre
esa silla donde tal vez ha sido cometido el crimen?
La señora Danglars se levantó vivamente.
-Pues no es esto todo -dijo Montecristo.
-¿Hay más aún? -preguntó Debray, a quien la emoción de la señora Danglars no
pasó inadvertida.
-¡Ah!, sí, ¿qué hay? -preguntó Danglars-; porque hasta ahora no veo nada de
particular. ¿Y vos, qué pensáis de esto, señor Cavalcanti?
-¡Ah! -dijo éste-, nosotros tenemos en Pisa la torre de Ugolino, en Ferrara la
prisión de Tasso, y en Rímini la alcoba de Francesca y de Paolo.
-Pero no tenéis esa pequeña escalera -dijo Montecristo abriendo una puerta
perfectamente disimulada en la pared-: miradla, y decidme, ¿qué os parece?
-¡Siniestra, en verdad! -dijo Chateau-Renaud riendo.
-El caso es -dijo Debray-, que yo no sé si el vino de Quios produce la
melancolía, pero todo lo veo triste en esta casa.
En cuanto a Morrel, desde que se habló de la dote de Valentina, se quedó triste,
pensativo, y no pronunció una palabra más.
-¿No os imagináis -dijo Montecristo- a un Otelo o a un abate de Ganges
cualquiera, descendiendo a pasos lentos, en una noche sombría y tempestuosa,
esta escalera con alguna lúgubre carga que trata de sustraer a las miradas de
los hombres, ya que no lo pudo hacer a las de Dios?
La señora Danglars casi se desmayó en los brazos de Villefort, que también se
vio obligado a apoyarse en la pared.
-¡Ah! ¡Dios mío!, señora -exclamó Debray-, ¿qué os ocurre? ¡Cuán pálida estáis!
-Nada más sencillo -respondió la señora de Villefort-; porque el conde nos
cuenta historias espantosas con la única intención de hacernos morir de miedo.
-Sí..., sí -dijo Villefort-; en efecto, conde, asustáis a estas señoras.
-¿Qué os ocurre? -dijo en voz baja Debray a la señora Danglars.
-Nada, nada -respondió ésta haciendo un esfuerzo--, tengo necesidad de aire y
nada más.
-¿Queréis bajar al jardín? -preguntó Debray ofreciendo su brazo a la señora
Danglars y adelantándose hacia la escalera falsa.
-No -dijo-, no; prefiero estar aquí.
-En verdad, señora -dijo Montecristo-, ¿es verdadero ese terror?
-No, señor -dijo la señora Danglars-; pero es que tenéis una .manera de contar
las cosas, que da a la ilusión un aspecto de realidad.
-¡Oh! ¡Dios mío!, sí -dijo Montecristo--, y todo eso depende de la imaginación;
y si no, ¿por qué no nos habíamos de representar esta habitación como la alcoba
de una honrada madre de familia? Esta cama con sus matices de púrpura, como una
casa visitada por la diosa Lucina, y esta escalera misteriosa, el camino por
donde, despacio, y para no turbar el sueño reparador de la paciente, pasa el
médico o la nodriza, o el mismo padre, llevando en sus brazos al niño que
duerme...
Esta vez la señora Danglars, en lugar de tranquilizarse al oír esta dulce
descripción, lanzó un gemido y se desmayó completamente.
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