mar. Pronto, sin embargo, exhaló un suspiro, porque pasaba por delante de
aquella Reserva donde tan feliz había sido aquella misma mañana, antes de su
prisión. Para mayor dolor, a través de las luminosas rendijas de dos ventanas,
los alegres rumores de un baile llegaban a sus oídos.
Dantés, con las manos puestas en actitud de orar, levantó los ojos al cielo.
El bote proseguía su camino, y pasada ya la Téte-de-More, hallábase enfrente de
la columna del Faro, donde dobló. Esta maniobra era incomprensible para Dantés.
-Pero ¿adónde me lleváis? -preguntó a uno de los gendarmes.
-Ahora lo sabréis.
-Pero...
-Nos está prohibido dar ninguna explicación.
Tenía Dantés mucho de soldado, y calló por parecerle cosa absurda el preguntar a
hombres a quienes estaba prohibido responder, y entonces las más bizarras
fantasías cruzaron por su imaginación. Como en tal barco era humanamente
imposible hacer una larga travesía, y como no se veía ningún otro buque anclado
por aquellos alrededores, se imaginó que le iban a desembarcar en algún punto
lejano de la costa, diciéndole que estaba libre. Todo contribuía a reforzar con
buenos agüeros esta imaginación. Ni estaba atado, ni intentaron siquiera ponerle
grillos. Luego, el sustituto, que tan bien le tratara, ¿no le había dicho que
con tal de que nunca pronunciase aquel nombre fatal de Noirtier nada le
sucedería? Ante sus mismos ojos, ¿no había quemado Villefort aquella carta
peligrosa, única prueba que había contra él?
Decidióse, pues, a esperar mudo y pensativo. Sus ojos, acostumbrados a las
tinieblas como los de todo marino, devoraban la oscuridad y el espacio.
Habían dejado a la derecha la isla de Ratonmeau con su faro, y bordeando la
costa llegaban a la sazón a la altura de los Catalanes. Aquí fueron dobles y
devoradoras las miradas del preso; porque estaba cerca de Mercedes, y a cada
instante creía ver dibujarse entre las tinieblas de la orilla la forma indecisa
y vaga de una mujer.
¿Cómo el corazón no decía a Mercedes que pasaba su amado a trescientos pasos de
ella?
Una luz solamente brillaba en los Catalanes. Al buscar Dantés la posición de
esta luz, llegó a comprender que alumbraba a su novia: Mercedes era, a no dudar,
la única que velaba en la colonia. Con un solo grito que él diera podía oírle y
reconocerle.
Un falso amor propio le detuvo, sin embargo. ¿Qué dirían los gendarmes oyéndole
gritar como un demente?
Silencioso y con los ojos clavados en la luz quedó, mientras el barco proseguía
su camino, sin pensar ni en el barco ni en el camino, sino sólo en Mercedes.
Un accidente topográfico hizo que la luz se perdiese de vista. Volvióse Dantés
al punto, y conoció que la embarcación entraba en alta mar.
A pesar de la repugnancia que experimentaba Dantés en dirigir nuevas preguntas
al gendarme, acercándose a él, y tomándole una mano:
-Camarada -le dijo-, suplícoos por vuestra conciencia y a fuer de soldado que
tengáis piedad de mí y me respondáis. Yo soy el capitán Edmundo Dantés, francés
bueno y leal, aunque acusado de no sé qué traición. ¿Adónde me lleváis?
Decídmelo, que os doy mi palabra de marino de resignarme a mi suerte.
El gendarme se rascó la oreja mirando a su camarada, que hizo un ademán como si
dijese:
-A la altura en que nos hallamos creo que ya no hay peligro.
Y volviéndose el primero a Edmundo:
-¡Siendo marino y marsellés preguntáis adónde vamos! -le dijo.
-Sí, puesto que lo ignoro, palabra de honor.
-¿No sospecháis nada?
-No lo sospecho.
-Es imposible.
-Os lo juro por lo más sagrado. Contestadme en nombre del cielo.
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