y uno de ellos servía en el mismo regimiento que yo, cuando estábamos de
guarnición en Valence."
-¡Es verdad! -exclamó el naviero, loco de contento-. Ese era Policarpo Morrel,
mi tío, que es ahora capitán. Dantés, si decís a mi tío que el emperador se ha
acordado de él, le veréis llorar como un niño. ¡Pobre viejo! Vamos, vamos -
añadió el naviero dando cariñosas palmadas en el hombro del joven-; habéis hecho
bien en seguir las instrucciones del capitán Leclerc deteniéndoos en la isla de
Elba, a pesar de que podría comprometeros el que se supiese que habéis entregado
un pliego al mariscal y hablado con el emperador.
-¿Y por qué había de comprometerme? -dijo Dantés-. Puedo asegurar que no sabía
de qué se trataba; y en cuanto al emperador, no me hizo preguntas de las que
hubiera hecho a otro cualquiera. Pero con vuestro permiso -continuó Dantés-:
vienen los aduaneros, os dejo...
-Sí, sí, querido Dantés, cumplid vuestro deber.
El joven se alejó, mientras iba aproximándose Danglars.
-Vamos -preguntó éste-, ¿os explicó el motivo por el cual se detuvo en Porto-
Ferrajo?
-Sí, señor Danglars.
-Vaya, tanto mejor -respondió éste-, porque no me gusta tener un compañero que
no cumple con su deber.
-Dantés ya ha cumplido con el suyo -respondió el naviero-, y no hay por qué
reprenderle. Cumplió una orden del capitán Leclerc.
-A propósito del capitán Leclerc: ¿os ha entregado una carta de su parte?
-¿Quién?
-Dantés.
-¿A mí?, no. ¿Le dio alguna carta para mí?
-Suponía que además del pliego le hubiese confiado también el capitán una carta.
-Pero ¿de qué pliego habláis, Danglars?
-Del que Dantés ha dejado al pasar en Porto-Ferrajo.
-Cómo, ¿sabéis que Dantés llevaba un pliego para dejarlo en Porto-Ferrajo. .. ?
Danglars se sonrojó.
-Pasaba casualmente por delante de la puerta del capitán, estaba entreabierta, y
le vi entregar a Dantés un paquete y una carta.
-Nada me dijo aún -contestó el naviero-, pero si trae esa carta, él me la dará.
Danglars reflexionó un instante.
-En ese caso, señor Morrel, os suplico que nada digáis de esto a Dantés; me
habré equivocado.
En esto volvió el joven y Danglars se alejó.
-Querido Dantés, ¿estáis ya libre? -le preguntó el naviero.
-Sí, señor.
-La operación no ha sido larga, vamos.
-No, he dado a los aduaneros la factura de nuestras mercancías, y los papeles de
mar a un oficial del puerto que vino con el práctico.
-¿Conque nada tenéis que hacer aquí?
Dantés cruzó una ojeada en torno.
-No, todo está en orden.
-Podréis venir a comer con nosotros, ¿verdad?
-Dispensadme, señor Morrel, dispensadme, os lo ruego, porque antes quiero ver a
mi padre. Sin embargo, no os quedo menos reconocido por el honor que me hacéis.
-Es muy justo, Dantés, es muy justo; ya sé que sois un buen hijo.
-¿Sabéis cómo está mi padre? -preguntó Dantés con interés.
-Creo que bien, querido Edmundo, aunque no le he visto.
-Continuará encerrado en su mísero cuartucho.
-Eso demuestra al menos que nada le ha hecho falta durante vuestra ausencia.
Dantés se sonrió.
-Mi padre es demasiado orgulloso, señor Morrel, y aunque hubiera carecido de lo
más necesario, dudo que pidiera nada a nadie, excepto a Dios.
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