Falto de empleo el sentido de la vista, se le aumentó grandemente el del oído.
Creyendo que venían a ponerle en libertad al rumor más leve, se levantaba al
punto encaminándose a la puerta; pero bien pronto el rumor se perdía en otra
dirección, y el preso volvía a caer desesperado sobre su banquillo.
A las diez de la noche, en fin, cuando iba ya perdiendo toda esperanza le
pareció que un nuevo ruido se acercaba en efecto a su prisión. Y así fue.
Oyéronse en el corredor unos pasos, que junto a su puerta cesaron; giró una
llave, rechinaron los cerrojos, la pesada puerta de encina se abrió, inundando
de luz deslumbradora la estancia.
Al resplandor veía Edmundo brillar los sables y las alabardas de cuatro
gendarmes.
Había dado ya un paso hacia la puerta; pero se detuvo al ver aquel inusitado
aparato militar.
-¿Venís a buscarme? -inquirió.
-Sí -respondió uno de los gendarmes.
-¿De parte del sustituto del procurador del rey?
-Eso es lo que creo.
-Estoy pronto a seguiros -lijo entonces Dantés.
Persuadido de que le buscaban de parte de Villefort, no tenía ningún recelo.
Adelantóse, pues, con rostro tranquilo y paso firme, y se colocó él mismo en
medio de su escolta.
En la puerta de la calle esperaba un coche. Junto al cochero estaba sentado un
guardia municipal.
-¿Es para mí ese carruaje? -preguntó Dantés.
-Para vos -respondió un gendarme-, subid.
Quiso Dantés hacer algunas observaciones; pero la portezuela se abrió,
sintiéndose empujado para que subiese, y como no tenía ni posibilidad ni
intención de resistirse, hallóse al punto en el fondo del carruaje, sentado
entre dos gendarmes. Ocuparon los otros dos el asiento de la delantera, y el
pesado vehículo se puso en marcha, causando un ruido sordo y siniestro.
El preso dirigió sus ojos a las ventanillas, pero todas tenían rejas: no había
hecho sino mudar de prisión; solamente que ésta se movía, transportándole a un
sitio de él ignorado. A través de los barrotes, tan espesos que apenas cabía la
mano entre ellos, reconoció Dantés que pasaban por la calle de la Tesorería, y
que bajaban al muelle por la calle de San Lorenzo y la de Taramis.
Luego, a través de la reja del coche, vio brillar las luces de la Consigna.
El carruaje se paró, apeóse el municipal y se acercó al cuerpo de guardia, de
donde salió al punto una docena de soldados que se pusieron en fila, viendo
Dantés relucir sus fusiles al resplandor de los reverberos del muelle.
-¿Se desplegará para mí ese aparato de fuerza militar? -murmuró para sus
adentros.
Al abrir el municipal la portezuela, que estaba cerrada con llave, respondió a
la pregunta de Dantés sin pronunciar una sola palabra, porque pudo ver entonces
entre las dos filas de soldados un como camino preparado para él desde el
carruaje al puerto.
Los dos gendarmes que ocupaban el asiento delantero bajaron los primeros,
haciéndole a su vez apearse, en lo que le imitaron luego los dos que llevaba al
lado. Dirigiéronse hacia una lancha que un aduanero de la marina sujetaba a la
orilla con una cadena, mientras los soldados contemplaban al preso con aire de
estúpida curiosidad. Inmediatamente encontróse instalado en la popa, siempre
entre los cuatro gendarmes, y el municipal a la proa. Una violenta sacudida
separó el barco de la orilla, y cuatro remeros vigorosos lo enderezaron hacia el
Pillón. A un grito de los remeros bajó la cadena que cierra el puente, y se
encontró Edmundo en lo que se llama el freón, es decir, fuera del puerto.
Al salir al aire libre el primer impulso del preso fue de alborozo, porque el
aire significa libertad. Así, pues, respiró a sus anchas esa brisa ligera que
lleva en sus alas los dulcísimos a incomprensibles misterios de la noche y del
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