-No, no quiero -expresaron los ojos del anciano.
-¿Y desheredaríais a vuestra nieta -exclamó el notario-, por efectuar una boda
contra vuestro gusto?
-Sí -respondió Noirtier.
-¿De suerte que, a no ser por este casamiento sería vuestra heredera?
-Sí.
Hubo entonces un silencio profundo alrededor del anciano.
Los dos notarios se consultaban; Valentina, con las manos juntas, miraba a su
abuelo con singular dulzura; Villefort se mordía los labios; su mujer no podía
reprimir un sentimiento de alegría que, a pesar suyo, se retrataba en su
semblante.
-Pero -dijo al fin Villefort rompiendo el silencio- creo que yo sólo soy dueño
de la mano de mi hija, y quiero que se case con el señor Franz d'Epinay, y se
casará.
Valentina cayó llorando sobre un sillón.
-Caballero -dijo el notario dirigiéndose al anciano-, ¿qué pensáis hacer de
vuestro caudal, en caso de que la señorita Valentina contraiga matrimonio con el
señor Franz?
El anciano permaneció inmóvil.
-No obstante, ¿dispondréis de él?
-Sí -respondió Noirtier.
-¿En favor de alguno de vuestra familia?
-No.
-¿En favor de los necesitados?
-Sí.
-Pero bien sabéis -dijo el notario- que la ley se opone a que despojéis
enteramente a vuestros hijos.
-Sí.
-¿No dispondréis de la parte que os autoriza la ley?
Noirtier permaneció inmóvil.
-¿Continuáis con la idea de querer disponer de todo?
-Sí.
-Pero después de vuestra muerte impugnarán vuestro testamento.
-No.
--Mi padre me conoce, caballero -dijo el señor de Villefort-, sabe que su
voluntad será sagrada para mí; por otra parte, se da cuenta de que en mi
posición no puedo pleitear con los pobres.
Los ojos de Noirtier expresaron triunfo.
-¿Qué decís, caballero? -preguntó el notario a Villefort.
-Nada, caballero; mi padre ha tomado esta resolución, y yo sé que no cambia
nunca. Por consiguiente, debo resignarme. Estos novecientos mil francos saldrán
de la familia para enriquecer los hospitales; pero jamás cederé ante un capricho
de anciano, y obraré según mi voluntad.
Aquel mismo día quedó cerrado el testamento; buscáronse testigos, fue aprobado
por el anciano, firmado después en su presencia y archivado más tarde en casa
del señor Deschamps, notario de la familia.
Capítulo tercero
El telégrafo y el jardín
Al volver a su casa el señor y la señora de Villefort supieron que el señor
conde de Montecristo había ido a hacerles una visita, y les aguardaba en el
salón. La señora de Villefort, demasiado conmovida para entrar de repente, pasó
a su tocador, mientras que el procurador del rey, más seguro de sí mismo, se
dirigió inmediatamente al salón.
Por dueño que fuese de sus sensaciones, por bien que supiera componer su rostro,
el señor de Villefort no pudo apartar del todo la nube que oscurecía su
|
|