-Ya comprendéis -añadió mirando las cenizas que aún conservaban la forma de
papel, y revoloteaban en torno a la llama-; ya comprendéis que destruida esta
carta y guardando el secreto por vos y por mí, nadie os la volverá a presentar.
Negad, pues, si os hablan de ella, negadlo todo, y os habréis salvado.
-Os lo prometo, señor -dijo Dantés.
-¡Bien! ¡Bien! -añadió Villefort llevando la mano al cordón de la campanilla;
pero se detuvo al ir a cogerlo.
-¿No teníais más carta que ésa? -le preguntó.
-No, señor, era la única.
-Juradlo.
-Lo juro -dijo Dantés extendiendo la mano.
Villefort llamó, y apareció un comisario de policía.
Acercóse Villefort al comisario para decirle al oído ciertas palabras, a las que
respondió aquél con una leve inclinación de cabeza.
-Seguidle -dijo Villefort a Dantés.
Hizo el joven una genuflexión, y con una postrera mirada de gratitud salió de la
estancia.
Apenas se cerró tras él la puerta, cuando faltaron las fuerzas al sustituto, y
cayendo en un sillón casi desvanecido, murmuró:
-¡Oh, Dios mío! ¡De qué sirven la vida y la fortuna! Si hubiese estado en
Marsella el procurador del rey, si hubieran llamado al juez de instrucción en
lugar mío, segura era mi ruina. Y todo por ese papel, ¡por ese papel maldito!
¡Ah, padre mío, padre mío! ¿Habéis de ser siempre un obstáculo para mi felicidad
en este mundo? ¿He de luchar yo siempre con vuestra vida pasada?
De repente, brilló en toda su fisonomía un fulgor extraordinario: dibujóse en
sus labios contraídos aún una sonrisa; sus ojos vagos parecían como si se
fijasen con un solo pensamiento.
-Eso es, sí... -dijo-. Esa carta, que debía perderme, labrará acaso mi fortuna.
Ea, Villefort, manos a la obra.
Y asegurándose de que el reo no estaba ya en la antecámara, salió a su vez el
sustituto del procurador del rey, y se encaminó apresuradamente hacia la casa de
su prometida.

Capitulo octavo
El castillo de If
Al atravesar la antecámara, el comisario de policía hizo una seña a dos
gendarmes, que en seguida se colocaron a la derecha y a la izquierda de Dantés.
Abrióse una puerta que conducía desde la habitación del procurador del rey al
tribunal de Justicia, y echaron por uno de esos pasadizos sombríos que hacen
temblar a los que por ellos pasan, aunque no tengan por qué temblar.
Así como el despacho de Villefort comunicaba con el tribunal de Justicia, éste
comunicaba con la cárcel, edificio sombrío pegado al palacio. Por todas sus
ventanas y balcones se ve el famoso campanario de los Acoules, que se eleva
enfrente.
Tras haber andado un sinnúmero de corredores, vio Dantés abrirse una puerta con
un candado de hierro, como en respuesta a tres golpes que dio el comisario con
un martillo de hierro, y que sonaron lúgubremente en el corazón del preso.
Recelaba éste en entrar; pero los dos gendarmes le empujaron ligeramente, y la
puerta volvió a cerrarse. Ya respiraba otro aire, pesado y mefítico: ya estaba
en los calabozos.
Se le condujo a uno, aunque decente, bien guardado de barrotes y cerrojos; pero
su aspecto no era para infundir serios temores. Por otra parte, las palabras del
sustituto del procurador del rey, que habían parecido tan sinceras a Dantés,
resonaban en sus oídos todavía como una promesa de esperanza.
Eran las cuatro cuando Dantés entró en su prisión, de manera que la noche llegó
muy pronto. Corría, como hemos dicho, el primero de marzo.

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