mí, Valentina; pero desde que conozco a ese hombre, se me ha ocurrido la idea
absurda de que todo el bien que me suceda no puede proceder de nadie más que de
él. Sin embargo, he vivido treinta años sin este protector, ¿no es verdad?, no
importa; mirad un ejemplo: él me ha convidado a comer para el sábado, ¿no es
verdad?, nada más natural en el punto de amistad en que nos hallamos. Pues bien;
¿qué he sabido después? Vuestro padre está invitado a esta comida, vuestra madre
también irá. Yo me encontraré con ellos, ¿y quién sabe lo que resultará de esta
entrevista? Estas son circunstancias muy sencillas en apariencia; sin embargo,
yo veo en esto una cosa que me asombra; tengo en ello una confianza extremada.
Yo pienso que el conde, ese hombre singular que todo lo adivina, ha querido
buscar una ocasión para presentarme a los señores de Villefort; y algunas veces,
os lo juro, procuro leer en sus ojos si ha adivinado nuestro amor.
-Amigo mío -dijo Valentina-, os tomaría por visionario, y temería realmente por
vuestra razón, si no escuchase tan buenos razonamientos. ¡Cómo! , ¿creéis que no
es casualidad ese encuentro? En verdad, reflexionadlo bien. Mi padre, que no
sale nunca, ha estado a punto de rehusar esa invitación más de diez veces; pero
la señora de Villefoi t, que está ansiosa por ver en su casa a ese hombre
extraordinario, obtuvo con mucho trabajo que la acompañase. No, no, creedme,
excepto a vos, Maximiliano, no tengo a nadie a quien pedir que me socorra en
este mundo, más que a mi abuelo, un cadáver.
-Veo que tenéis razón, Valentina, y que la lógica está en favor vuestro -dijo
Maximiliano-; pero vuestra dulce voz tan poderosa siempre para mí, hoy no me
convence.
-Ni la vuestra a mí tampoco -repuso Valentina-, y confieso que como no tengáis
más ejemplos que citarme...
-Uno tengo -dijo Maximiliano vacilando un poco-; pero, en verdad, Valentina, me
veo obligado a confesarlo, es más absurdo que el primero.
-Tanto peor-dijo Valentina sonriendo.
-Y con todo -prosiguió Morrel-, no es menos concluyente para mí, hombre de
inspiración y sentimiento que en diez años que hace que sirvo en el ejército, he
debido la vida varias veces a uno de esos instintos que os dicen que hagáis un
movimiento hacia atrás o hacia adelante para que la bala que debía mataros pase
más alta o más ladeada.
-Querido Maximiliano, ¿por qué no atribuir a mis oraciones ese alejamiento de
las balas? Cuando estáis fuera, no es por mí por quien ruego a Dios y a mi
madre, sino por vos.
-Sí, desde que os conozco -dijo Morrel sonriendo-; pero ¿para quién rezabais
antes de que os conociese, Valentina?
-Veamos, puesto que nada queréis deberme, ingrato, volvamos a ese ejemplo que
vos mismo confesáis que es absurdo.
-¡Pues bien!, mirad por las rendijas de las tablas aquel caballo nuevo en que he
venido hoy.
-¡Oh, qué hermoso animal! -exclamó Valentina-. ¿Por qué no lo habéis traído
junto a la valla para contemplarlo mejor?
-En efecto, como veis, es un animal de gran valor -dijo Maximiliano-. ¡Bueno!
Vos sabéis que mi fortuna es limitada. ¡Pues bien!, yo había visto en casa de un
tratante de caballos ese magnífico Medeah. Pregunté cuánto valía, me
respondieron que cuatro mil quinientos francos; como comprenderéis, yo me
abstuve de comprarlo por algún tiempo, y me fui, lo confieso, bastante
entristecido, porque el caballo me miró con ternura, y me había acariciado con
su cabeza. Aquella misma tarde se reunieron en mi casa algunos amigos, el señor
de Chateau-Renaud, el señor Debray, y otros cinco o seis malas cabezas, que vos
tenéis la dicha de no conocer ni aun de nombre. Propusieron que se jugase un
poco, yo no juego nunca, porque no soy rico para poder perder. Pero, en fin,
estaba en mi casa, y no tuve más remedio que ceder. Cuando íbamos a empezar,
llegó el conde de Montecristo , ocupó su lugar, jugaron y yo gané; apenas me
atrevo a confesarlo. Valentiná, gané cinco mil francos. Nos separamos a
|
|