-¿Ignora todo el mundo que sois portador de una carta de la isla de Elba para el
señor Noirtier?
-Todo el mundo, señor..., salvo la persona que me la entregó.
-Eso ya es mucho..., muchísimo-murmuró Villefort.
Su frente fruncíase cada vez más, a medida que proseguía la lectura de la carta:
sus labios blancos, sus manos temblorosas, sus ojos sanguinolentos, hacían
cruzar por el cerebro de Dantés las más dolorosas fantasías.
Terminada la lectura, el sustituto dejó caer la cabeza entre las manos,
permaneciendo un instante como fuera de sí.
-¡Dios mío! ¿Qué ocurre de nuevo? -preguntó tímidamente Dantés.
Villefort no respondió, y al cabo de un rato volvió a levantar su rostro
descompuesto para releer la misiva.
-¿Decís que no sabéis el contenido de esta carta? -volvió a preguntar a Edmundo.
-Os juro por mi honor -respondió Dantés-, que lo ignoraba, pero, ¡Dios mío!,
¿qué tenéis? ¿Estáis malo? ¿Queréis que llame?
-No, señor -dijo el sustituto levantándose vivamente-; no abráis la boca, no
digáis una palabra. Yo soy quien manda aquí, no vos.
-Era, señor, no más que por ayudaros -dijo Dantés un tanto herido en su amor
propio.
-De nada necesito; fue un mareo pasajero. Ocupaos de vos: dejadme a mí.
Responded.
Dantés esperó el interrogatorio que auguraba este mandato; pero vanamente.
Volvió el sustituto a caer en el sillón, y pasándose por la frente su mano fría
se puso a leer la carta por tercera vez.
-¡Oh! ¡Si sabe lo que contiene esta carta, si sabe que Noirtier es padre de
Villefort, estoy perdido, perdido para siempre!
Y de vez en cuando miraba de reojo a Dantés, como si quisiese penetrar ese velo
impenetrable que cubre en el corazón los secretos que no suben a los labios.
-¡Oh! No vacilemos -exclamó de repente.
-Pero en nombre del cielo -exclamó el desdichado joven-, si dudáis de mí, si
sospecháis de mi honradez, interrogadme, que estoy dispuesto a contestaros.
Hizo Villefort un violento esfuerzo sobre sí mismo, y con un acento que en vano
procuraba fuese firme:
-Caballero -le dijo-, resultan contra vos los más graves cargos. No está ya en
mi poder, como creía antes, el poneros en libertad ahora mismo. Antes de paso
tan grave, debo consultar al juez de instrucción. Mientras tanto, ya habéis
visto de qué manera os traté...
-¡Oh!, sí, señor -exclamó Dantés-, y os lo agradezco en el alma que habéis sido
para mí más un amigo que un juez.
-Pues, amigo, voy a teneros preso algún tiempo todavía, lo menos que pueda. El
principal cargo que existe contra vos es esta carta, y ahora veréis...
Villefort se acercó a la chimenea, y arrojó la carta al fuego, sin apartarse de
allí hasta verla convertida en cenizas.
-Mirad..., ya no existe.
-¡Oh, señor! -exclamó Dantés-; no sois la justicia: sois la Providencia.
-Escuchadme -prosiguió Villefort-: con lo que acabo de hacer me parece que
confiaréis en mí, ¿no es verdad?
-¡Oh, señor! Mandad y seréis obedecido.
No -dijo Villefort, aproximándose al joven-; no son órdenes lo que quiero daros,
sino consejos.
-Pues bien, los miraré como si fueran órdenes.
-Hasta la noche os tendré aquí en el palacio de justicia: si otra persona
viniese a interrogaros, decidle todo lo que me habéis dicho, excepto lo de la
carta.
-Os lo prometo, señor.
Era como si el juez rogase y el preso concediese.
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