"-Pues oíd. Como después de que yo muera os pertenece el mando del Faraón, en
calidad de segundo, lo tomaréis, y haciendo rumbo a la isla de Elba
desembarcaréis en Porto-Ferrajo, preguntaréis por el gran mariscal y le
entregaréis esta carta. Acaso entonces os darán otra con una comisión, que me
estaba reservada a mí. La cumpliréis y todo el honor será vuestro.
"-Así lo haré, mi capitán; pero supongo que no será tan fácil como pensáis el
llegar hasta el gran mariscal.
"-Esta sortija os abrirá todas las puertas, y allanará todas las dificultades -
respondió Leclerc.
"Y me entregó la sortija. Ya era tiempo, porque dos horas después deliraba, y a
la mañana siguiente había ya muerto.
-¿Qué hicisteis entonces?
-Lo que debía, señor, lo que otro cualquiera en mi lugar hubiera hecho. Siempre
son sagrados los deseos de un moribundo, y entre los marinos, órdenes. Hice,
pues, rumbo a la isla de Elba, adonde llegué a la mañana siguiente,
desembarcando yo solo, después de mandar que nadie se moviese. Conforme había
previsto se me presentaron algunas dificultades para ver al gran mariscal, pero
todas las allanó la sortija. Tras rogarme que le refiriera los detalles de la
muerte de Leclerc, como el pobre capitán había sospechado, me entregó una carta
encargándome que la llevara en persona a París. Prometíselo resueltamente porque
así cumplía también la última voluntad de mi capitán.
"Lo demás ya lo sabéis. Desembarqué en Marsella, arreglé todos los asuntos de
aduana y sanidad, y corrí por último a ver a mi novia, que he encontrado más
bella y más encantadora que nunca. Gracias al señor Morrel todas las diligencias
eclesiásticas se apresuraron, de modo que cuando me prendieron asistía como dije
a la comida de boda. Una hora después pensaba casarme y partir mañana a París,
cuando esta maldita denuncia que parece despreciáis tanto como yo...
-Sí, sí -murmuró Villefort-, todo lo creo, y a ser culpable lo sois de
imprudencia, aunque imprudencia legítima, pues vuestro capitán os la impuso. Por
consiguiente, dadme esa carta de la isla de Elba, y con palabra de presentaros
así que os llame, podéis volver al lado de vuestros amigos.
-¿Conque, es decir, que ya estoy libre, señor? -exclamó Dantés lleno de júbilo.
-Sí, pero dadme primero esa carta.
-Debe de estar en vuestro poder, porque en ese paquete reconozco algunos papeles
de los que me cogieron.
-Aguardad -dijo el sustituto a Dantés, que ya cogía su sombrero y sus guantes-;
¿a quién iba dirigida?
-Al señor Noirtier, calle de Coq-Heron, París.
Un rayo que hiriera a Villefort no le trastornara más que este imprevisto golpe.
Dejóse caer sobre su asiento, del que se había separado un si es no es para asir
el legajo, y ojeándolo precipitadamente, entresacó la carta fatal,
contemplándola con terror indescriptible.
-¡Al señor Noirtier, calle de Coq-Heron, número 13! -murmuró palideciendo cada
vez más.
-Sí, señor -respondió Dantés-. ¿Le conocéis?
-No -respondió el sustituto vivamente-. Un fiel servidor del rey no conoce a los
conspiradores.
-¿Es una conspiración? -le preguntó Edmundo, que después de haberse creído libre
empezaba de nuevo a asustarse-. De todos modos, os lo repito, señor, ignoraba el
contenido de esa carta.
. -Sí -repuso Villefort con voz sorda-, pero no ignorabais el nombre de la
persona a quien va dirigida.
-Era preciso que lo supiese para poder entregársela a él mismo.
-¿Y no se la habéis enseñado a nadie? -dijo Villefort leyendo y demudándose al
mismo tiempo.
-A nadie; os lo juro por mi honor.

36