cierta intimidad, que sois mi amigo parisiense más antiguo, y si no os
encuentran en mi casa, me preguntarán por qué no os he invitado. Al menos,
buscad un compromiso anterior que tenga alguna apariencia de probabilidad, y del
cual me daréis parte por medio de cuatro letras. Ya sabéis, con los banqueros,
sólo los escritos son válidos.
-Yo haré otra cosa mejor, señor conde -dijo Alberto-; mi padre quiere ir a
respirar el sire del mar. ¿Qué día tenéis señalado para vuestra comida?
-El sábado.
-Hoy es martes, bien; mañana por la tarde partimos, y pasado estaremos en
Tréport. ¿Sabéis, señor conde, que sois un hombre muy complaciente en
proporcionar así a todas las personas su comodidad?
-¡Yo!, en verdad que me tenéis en más de lo que valgo, deseo seros útil y nada
más.
-¿Qué día empezaréis a hacer las invitaciones?
-Hoy mismo.
-¡Pues bien!, corro a casa del señor Danglars, y le anuncio que mañana mi madre
y yo saldremos de París. Yo no os he visto; por consiguiente, no sé nada de
vuestra comida.
-¡Qué loco sois! ¡Y el señor Debray, que acababa de veros en mi casa!
-¡Ah!, es cierto.
-Al contrario, os he visto y os he convidado aquí sin ceremonia, y me habéis
respondido ingenuamente que no podíais aceptar porque partíais para Tréport.
-¡Pues bien!, ya está todo arreglado; pero vos vendréis a ver a mi madre entre
hoy y mañana.
-Entre hoy y mañana es difícil; porque estaréis ocupados en vuestros
preparativos de viaje.
-¡Pues bien!, haced otra cosa; antes no erais más que un hombre encantador;
seréis un hombre adorable.
-¿Qué he de hacer para llegar a esa sublimidad?
-¿Qué habéis de hacer?
-Sí, eso es lo que os pregunto.
-Sois libre como el sire; venid a comer conmigo; seremos pocos: vos, mi madre y
yo solamente. Aún no habéis casi conocido a mi madre, pero la veréis de cerca.
Es una mujer muy notable, y no siento más que una cosa, y es no encontrar una
mujer como ella con
veinte años menos; pronto habría, os lo juro, una condesa y una vizcondesa de
Morcef. En cuanto a mi padre, no le encontraréis en casa; está de comisión, y
come en la del gran canciller. Venid, hablaremos de viajes; vos que habéis visto
el mundo entero, nos hablaréis de vuestras aventuras; nos contaréis la historia
de aquella bella griega que estaba la otra noche con vos en la ópera, a la que
llamáis vuestra esclava, y a quien tratáis como a una princesa. Hablaremos
italiano y español, ¿aceptáis?, mi madre os dará las gracias.
-También yo os las doy -dijo el conde-; el convite es de los más halagüeños, y
siento vivamente no poder aceptarlo. Yo no soy libre, como pensáis; y tengo, por
el contrario, una cita de las más importantes.
-¡Ah!, acordaos, conde, que me acabáis de enseñar cómo se zafa uno de las cosas
desagradables. Necesito una prueba. Afortunadamente, yo no soy banquero como el
señor Danglars, pero os prevengo que soy tan incrédulo como él.
-Por lo mismo, voy a dárosla -dijo el conde.
Y llamó.
-¡Hum! -dijo Morcef-; ya son dos veces seguidas que rehusáis comer con mi madre.
¿Habéis tomado ese partido, conde?
Montecristo se estremeció.
-¡Oh!, no lo creáis -dijo-; además, pronto os demostraré lo contrario.
Bautista entró y se quedó a la puerta en pie y esperando.
-Yo no estaba prevenido de vuestra visita, ¿no es verdad?
-Sois tan extraordinario, que no aseguraría que no lo estuvieseis.
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