elocuencia del corazón que jamás encuentra el que la busca, henchido de afectos
para todos, porque era dichoso, cosa que trueca en buenos a los hombres malos,
contagiaba en su dulce afabilidad hasta a su mismo juez. A pesar de lo severo
que se le mostraba Villefort, ni en sus miradas, ni en su voz, ni en sus
acciones, tenía Edmundo para él más que bondad y dulzura.
-¡Cáspita! -exclamó para sí Villefort-. ¡Qué joven tan interesante! No me
costará mucho trabajo cumplir el primer deseo de Renata..., lo que me valdrá
además un buen apretón de manos de todo el mundo.
De tal modo serenó esta esperanza el ceño de Villefort, que cuando volvió a
ocuparse de Dantés, el joven, que había observado atentamente las mudanzas de su
rostro, le sonreía también como su pensamiento.
-¿Tenéis enemigos? -le preguntó Villefort.
-¡Enemigos yo! -repuso Dantés-. Afortunadamente valgo poco para tenerlos. Aunque
mi carácter es tal vez demasiado vivo, procuro siempre refrenarlo con mis
subordinados. Diez o doce marineros tengo a mis órdenes. Que se les pregunte y
os responderán que me aprecian y me respetan, no diré como a un padre, que soy
muy joven para eso, sino como a un hermano mayor.
-Si no enemigos, podéis tener rivales. Vais a ser capitán a los diecinueve años,
lo que para los vuestros es una posición elevada: ibais a casaros con una mujer
que os quiere, felicidad rarísima en la tierra. Estos favores del destino os
pueden acaso granjear envidias.
-Sí, tenéis razón. Es muy posible, cuando vos lo decís: vos, que debéis conocer
el mundo mejor que yo; pero si estos rivales fuesen amigos míos, os declaro que
no deseo conocerlos por no verme obligado a aborrecerlos.
-Os equivocáis, Dantés. Importa mucho conocer el terreno que pisamos, y de mí sé
decir que me parecéis tan bueno, que por vos me separaré de las ordinarias
fórmulas de la justicia, ayudándoos a descubrir quién sea el que os denuncia.
Aquí tenéis la carta que me han dirigido. ¿Reconocéis la letra?
Y sacando la denuncia de su bolsillo la presentó Villefort a Dantés. Al leerla
éste pasó como una sombra por sus ojos, y respondió:
-No conozco la letra, porque está de propósito disfrazada, aunque correcta y
firme. De seguro la trazó mano habilísima. ¡Cuán feliz soy -añadió, mirando a
Villefort con gratitud-, cuán feliz soy en haber dado con un hombre como vos,
pues reconozco en efecto que el que ha escrito ese papel es un verdadero
enemigo!
Y en la fulminante mirada con que acompañó el joven estas frases, pudo
comprender Villefort cuánta energía se ocultaba bajo aquella apariencia de
dulzura.
-Seamos francos -dijo el sustituto-, habladme no como preso al juez, sino como
hombre en una posición falsa a otro que se interesa por él. ¿Qué hay de verdad
en esto de la acusación anónima?
Y Villefort arrojó con disgusto sobre su bufete la carta que Dantés acababa de
devolverle.
-Todo y nada, señor: voy a deciros la pura verdad, por mi honor de marino, por
el amor de Mercedes y por la vida de mi padre.
-Hablad -dijo en voz alta Villefort.
Luego añadió para sí:
"Si Renata me viese, creo que quedaría contenta de mí, y no me llamaría ya
corta-cabezas."
-Oíd, señor. Al salir de Nápoles, el capitán Leclerc se sintió atacado de
calentura cerebral. Como no había médico a bordo, y el capitán se negaba a que
desembarcásemos en cualquier punto de la costa, porque tenía prisa en llegar a
la isla de Elba, su enfermedad subió de punto hasta que a los tres días,
sintiéndose acabar, me llamó y me dijo:
"-Querido Dantés, juradme por vuestro honor que haréis lo que os voy a encargar
ahora. De ello dependen los mayores intereses.
"-Lo juro, capitán-le respondí.
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