entrada de la señora Danglars en el palco, había bajado el telón, y gracias a la
facultad de pasear o hacer visitas en los entreactos a causa de ser éstos
demasiado largos, la orquesta se había dispersado al poco rato.
Morcef y Chateau-Renaud habían sido de los primeros en salir; la señora Danglars
creyó por un momento que aquella prisa de Alberto por salir tenía por objeto el
irle a ofrecer sus respetos, y se inclinó al oído de su hija para anunciarle
esta visita, pero ésta se contentó con mover la cabeza sonriendo, y al mismo
tiempo, como para probar cuán fundada era la incredulidad de Eugenia respecto a
este punto, apareció Morcef en un palco principal. Este palco era el de la
condesa G...
-¡Hola! Al fin se os ve por alguna parte, señor viajero -dijo ésta presentándole
la mano con toda la cordialidad de una antigua amiga-, sois muy amable, primero
por haberme reconocido, y después por haberme dado la preferencia de vuestra
primera visita.
-Creed, señora -dijo Alberto-, que si yo hubiese sabido vuestra llegada a París
y las señas de vuestra casa, no hubiera esperado tanto tiempo. Mas permitid os
presente al barón Chateau-Renaud, amigo mío, uno de los pocos hidalgos que aún
hay en Francia, y por el cual acabo de saber que estabais en las carreras del
Campo de Marte.
Chateau-Renaud se inclinó.
-¡Ah! ¿Os hallabais en las carreras, caballero? -dijo vivamente la condesa.
-Sí, señora.
-¡Y bien! -repuso la señora G...-. ¿Podéis decirme de quién era el caballo que
ganó el premio del jockey Club?
-No, señora -dijo Chateau-Renaud-, y ahora mismo hacía la propia pregunta a
Alberto.
-¿Deseáis saberlo..., señora condesa? -preguntó Alberto.
-Con toda mi alma. Figuraos que... ¿pero lo sospecháis acaso, vizconde?
-Señora, ibais a contarme una historia, habéis dicho: Imaginaos...
-¡Pues bien! Figuraos que aquel encantador caballo y aquel diminuto jockey de
casaca color de rosa me inspiraron a primera vista una simpatía tan viva que yo
en mi interior deseaba que ganasen, lo mismo que si hubiese apostado por ellos
la mitad de mi fortuna. Así, pues, apenas los vi llegar al punto, dejando
bastante retirados a los otros caballos, fue tal mi alegría que empecé a
palmotear como una loca. ¡Imaginad mi asombro cuando al entrar en mi casa
encuentro en mi. escalera al jockey de casaca color de rosa! Creí que el
vencedor de la carrera vivía casualmente en la misma casa que yo, cuando lo
primero que vi al abrir la puerta de mi salón fue la copa de oro, es decir, el
premio ganado por el caballo y el jockey desconocido. En la copa había un
papelito que decía:
"A la condesa G..., lord Ruthwen."
-Eso es, justamente -dijo Morcef.
-¡Cómo! ¿Qué queréis decir?
-Quiero decir que es lord Ruthwen en persona.
-¿Quién es lord Ruthwen?
-El nuestro, el vampiro, el del teatro Argentino.
-¿De veras? -exclamó la condesa-. ¿Está aquí?
-Sí, señora.
-¿Y vos le habéis visto? ¿Le recibís? ¿Frecuentáis su casa?
-Es mi íntimo amigo, y el señor Chateau-Renaud también tiene el honor de
conocerle.
-¿Y cómo sabéis que es él quien ha ganado?
-Por su caballo, que lleva el nombre de Vampa.
-¿Y qué?
-¡Cómo! ¿Es posible que no recordéis el nombre del famoso bandido que me hizo su
prisionero?
-¡Ah, es cierto!

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