Por lo tanto, ahogó los sanos instintos que se despertaban en su corazón,
compuso al espejo su fisonomía como para caso tan grave, y sombrío y amenazador
sentóse delante de su bufete.
Un instante después entró Edmundo, que estaba muy pálido, aunque tranquilo y
sonriendo. Saludó a su juez con cortés desembarazo, y se puso a buscar con los
ojos una silla, como si estuviese en casa de su armador.
Entonces sus ojos tropezaron con la mirada impasible de Villefort, con aquella
impasible mirada propia de los hombres de mundo, sin transparencia. Y esto hizo
que el pobre joven reconociese cuál era su verdadera situación.
-¿Quién sois, y cómo os llamáis? -le preguntó Villefort hojeando las notas que
recibiera del agente al entrar, notas que en una hora habían alcanzado más que
mediano volumen: tanto obra la corrupción de los espías en esto de prisiones.
-Me llamo Edmundo Dantés -respondió el joven con voz sonora y tranquila-; soy
segundo de El Faraón, buque perteneciente a los señores Morrel e hijos.
-¿Vuestra edad?
-Diecinueve años -respondió Dantés.
-¿Qué hacíais cuando os prendieron?
-Hallábame en la comida de mi boda, señor -repuso el joven con voz literalmente
conmovida, por el contraste que hacía aquel recuerdo con su situación, y el
sombrío rostro del sustituto, con la hermosa figura de Mercedes.
-¡Comida de boda! -repitió Villefort, estremeciéndose a pesar suyo.
-Sí, señor; voy a casarme pronto con una mujer a quien amo hace tres años.
A pesar de su ordinario estoicismo, conmovió a Villefort esta coincidencia, que
junto con la voz melancólica de Dantés, despertaba en el fondo de su alma una
dulce simpatía. El también, como aquel joven, se casaba; él también era dichoso,
y fueron a turbar su dicha para que él turbara a su vez la de aquel joven.
"Esta homogeneidad filosófica -pensó interiormente- sorprenderá mucho a los
convidados, cuando yo vuelva a casa de Saint-Meran."
En seguida, mientras Dantés esperaba que siguiese el interrogatorio, se puso a
componer en su imaginación el discurso que debía de pronunciar, lleno de
antítesis sorprendentes, y de esas frases pretenciosas que tal vez son tenidas
por la verdadera elocuencia.
Terminada en su mente la elocuente perorata, sonrió Villefort seguro de su
éxito, y encarándose con Dantés:
-Proseguid -le dijo.
-¿Qué queréis que diga?
-Todo aquello que pueda ilustrar a la justicia.
-Dígame la justicia en qué quiere que la ilustre, y obedeceré de todo en todo:
aunque le prevengo -añadió con una sonrisa- que cuanto puedo decir es de poca
monta.
-¿Habéis servido bajo el mando del usurpador?
-Su caída estorbó que me viese incorporado a la marina de guerra.
-Dicen que vuestras opiniones políticas son exageradas -prosiguió Villefort, que
aunque nada sabía de esto, quiso darlo por seguro, porque le sirviera de
añagaza.
-¡Yo opiniones políticas, señor! ¡Ah!, casi me da vergüenza el decirlo, pero
nunca he tenido opinión. Con mis diecinueve años escasos, como ya os dije, ni sé
nada, ni estoy destinado a otra cosa que a la plaza que mis navieros quieran
otorgarme. Así, pues, todas mis opiniones, no digo políticas, sino privadas, se
resumen en tres sentimientos: el cariño de mi padre, el respeto al señor Morrel
y el amor de Mercedes. Es cuanto puedo decir a la justicia. Supongo que no le
debe de importar mucho.
A medida que Dantés hablaba, Villefort estudiaba aquel rostro tan franco y dulce
a la vez, y recordaba las palabras de Renata, que sin conocerle intercedió por
aquel preso. Ayudado del conocimiento que ya tenía de los crímenes y de los
criminales, hallaba en cada frase de Dantés una prueba de su inocencia. Aquel
joven, o mejor dicho, aquel muchacho sencillo, natural, elocuente, con esa

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