inglesas a quienes se ha comparado bastante poéticamente, en sus movimientos,
con los cisnes.
Entró, pues, y al ver al lado de su madre al personaje de quien tanto había oído
hablar, saludó sin ninguna timidez propia de su edad, y sin bajar los ojos, con
una gracia tal, que redobló la atención del conde.
Este se levantó.
-La señorita de Villefort, mi hijastra -dijo la señora de Villefort a
Montecristo, que se inclinó hacia adelante, presentando la mano a Valentina.
-Y el señor conde de Montecristo, rey de la China y emperador de la Cochinchina
---dijo el pilluelo, dirigiendo a su hermana una mirada socarrona.
Esta vez la señora de Villefort se puso lívida y estuvo a punto de irritarse
contra aquella plaga doméstica que respondía al nombre de Eduardo, pero el conde
se sonrió y miró al muchacho con complacencia, lo cual elevó a su madre al colmo
del entusiasmo.
-Pero, señora --dijo el conde reanudando la conversación y mirando
alternativamente a la madre y a la hija-, yo he tenido el honor de veros en
alguna otra parte con esta señorita. Desde que entré, pensé en ello, y cuando se
presentó esta señorita, su vista ha sido una nueva luz que ha venido a iluminar
un porvenir confuso, dispensadme por la expresión.
-No es probable, caballero, la señorita de Villefort es poco aficionada a la
sociedad, y nosotros salimos muy rara vez -dijo la joven esposa.
-Sin embargo, no es en sociedad donde he visto a esta señorita y a vos, señora,
y también a este gracioso picaruelo. La sociedad parisiense, por otra parte, me
es absolutamente desconocida, porque creo haber tenido el honor de deciros que
hace muy pocos días estoy en París. No, permitidme que recuerde..., esperad... -
Y el conde llevó su mano a la frente como para coordinar las ideas.
-No, es en otra parte..., es en... yo no sé..--- pero me parece que este
recuerdo es inseparable de un sol brillante y de una especie de solemnidad
religiosa... La señorita tenía flores en la mano, el niño corría detrás de un
hermoso pavo real en un jardín, y vos, señora, estabais debajo de un
emparrado... Ayudadme, señora, ¿no os recuerda nada todo lo que os digo?
-De veras que no -respondió la señora de Villefort-, y sin embargo, me parece
que si os hubiese visto en alguna parte, vuestro recuerdo estaría presente en mi
memoria.
-El señor conde nos habrá visto quizás en Italia -dijo tímidamente Valentina.
-En efecto, en Italia..., es muy posible -dijo Montecristo-. ¿Habéis viajado por
Italia, señorita?
-La señora y yo estuvimos allí hace dos meses. Los médicos temían que enfermase
del pecho, y me recomendaron los aires de Nápoles. Pasamos por Bolonia, Perusa y
Roma.
-¡Ah!, es verdad, señorita -exclamó Montecristo, como si aquella simple
indicación hubiese bastado para fijar todos sus recuerdos---. Fue en Perusa, el
día del Corpus, en el jardín de la fonda del Correo donde la casualidad nos
reunió a vos, a esta señorita, vuestro hijo y a mí, donde recuerdo haber tenido
el honor de veros.
-Yo recuerdo perfectamente a Perusa, caballero, la fonda y la fiesta de que
habláis -dijo la señora de Villefort-, pero por más que me esfuerzo, me
avergüenzo de mi poca memoria, no recuerdo haber tenido el honor de veros.
-Es muy extraño, ni yo tampoco -dijo Valentina levantando sus hermosos ojos y
mirando a Montecristo.
Eduardo dijo:
-Yo sí me acuerdo.
-Voy a ayudaros -dijo el conde-. El día había sido muy caluroso, os hallabais
esperando y los caballos no venían a causa de la solemnidad. La señorita se
internó en lo más espeso del jardín, y el niño desapareció corriendo detrás del
pájaro.
|
|