En este momento llegaba Villefort con el comisario a la parte de la calle Grande
en que desemboca la de los Consejos. Un hombre que estaba como esperándole,
salió a su encuentro. Era el señor Morrel.
-¡Ah!, señor de Villefort -exclamó el buen hombre al ver al sustituto-. ¡Gracias
a Dios que os encuentro! Sabed que acaba de cometerse la más escandalosa, la más
terrible arbitrariedad. Acaban de prender al segundo de mi Faraón, al joven
Edmundo Dantés.
-Ya lo sé, caballero -respondió Villefort-; y ahora voy a tomarle declaración.
-¡Oh, caballero! -prosiguió el naviero, llevado de su amistad hacia el joven-,
vos no conocéis al acusado, yo sí, yo le conozco. Es el hombre más honrado y
digno, y aún diré más entendido en su oficio que haya en toda la marina
mercante. ¡Oh, señor de Villefort! ¡Os lo recomiendo encarecidamente!
Como ya habrán comprendido los lectores, pertenecía Villefort al partido noble
de la ciudad, y Morrel al plebeyo: con lo que el primero era ultrarrealista, y
al segundo se le tildaba de bonapartista.
Miró Villefort desdeñosamente a Morrel, y le dijo con frialdad:
-Debéis comprender, caballero, que puede un hombre ser amable en su vida
privada, honrado en sus relaciones comerciales, y ser, sin embargo, un gran
culpable en política. Lo comprendéis así, ¿no es verdad?
Y recalcó el magistrado estas últimas palabras, como queriéndolas aplicar al
armador, mientras con su mirada escrutadora penetraba al fondo del corazón de
aquel hombre, que se atrevía a interceder por otro, necesitando él mismo de
indulgencia. Morrel se sonrojó, porque en punto a cosas políticas no tenía muy
limpia la conciencia, y porque no se le apartaba de la memoria lo que Edmundo le
había dicho de su entrevista con el gran mariscal, y de las palabras del
emperador. Sin embargo, añadió con el interés más vivo:
-Suplícoos, señor de Villefort, que justo como debéis de serlo, y bondadoso como
sois, nos devolváis pronto al pobre Dantés.
Este nos devolváis resonó revolucionariamente en los oídos del sustituto.
-¡Vaya! ¡Vaya! -murmuró para su capote-: nos devolváis... ¿Si estará afiliado
este Dantés en alguna sociedad secreta? Cuando su protector usa sencillamente de
la fórmula colectiva... Creo que el comisario dice que le prendió en una taberna
en medio de mucha gente... Esto merece la pena de pensarlo seriamente.
Luego añadió en voz alta:
-Podéis, caballero, estar tranquilo, que no en vano apeláis a mi justicia si el
preso es inocente; pero si es culpable, me veré obligado a cumplir con mi
obligación, pues en las circunstancias difíciles y azarosas en que nos hallamos,
sería la impunidad muy mal ejemplo.
Y habiendo llegado Villefort a la puerta de su casa, inmediata al Palacio de
Justicia, entró en ella majestuosamente, después de saludar con mucha ceremonia
al desdichado naviero, que se quedó como petrificado.
Estaba llena la antecámara de gendarmes y agentes de policía, y entre ellos el
preso, de pie, inmóvil y tranquilo, aunque todos le miraban con expresión
rencorosa.
Atravesó Villefort la antecámara mirando a Dantés de reojo, y después de recibir
un legajo de manos de un agente, desapareció diciendo:
-Que conduzcan aquí al preso.
Por rápida que fuese, aquella mirada bastó a Villefort para formarse una idea
del hombre a quien iba a interrogar. En aquella frente despejada y ancha había
adivinado la inteligencia, el valor en aquellos ojos fijos y aquel fruncido
entrecejo, y la franqueza en aquellos labios gruesos y entreabiertos, que
dejaban ver sus dientes, blancos como el marfil.
La primera impresión había sido favorable a Dantés; pero como Villefort había
oído asegurar muchas veces como máxima de profunda política, que es bueno
desconfiar de nuestro primer impulso, aplicó a la ocasión la máxima, sin tener
en cuenta la diferencia que va del impulso a la impresión.
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