Apenas Maximiliano daba fin a su narración, durante la cual el corazón del conde
se había dilatado cada vez más, cuando apareció Manuel con una levita abrochada.
Saludó como un hombre que conoce la importancia del personaje a quien hablaba, y
después condujo al conde a la casa.
El salón estaba ya embalsamado por las perfumadas flores contenidas con gran
trabajo en un inmenso vaso japonés. Julia, bien vestida y peinada con
coquetería, se presentó para recibir al conde.
Oíase cantar a los pájaros del jardín, y de una pajarera próxima al salón. Las
ramas de jazmines y de acacias color de rosa bordaban con sus hojas las
colgaduras de terciopelo azul.
Todo en esta encantadora morada respiraba la mayor tranquilidad y el más
completo sosiego, desde los gorjeos de los pájaros hasta la sonrisa de los
dueños de la casa.
Desde que entró el conde se había impregnado ya de esta felicidad. Así, pues, se
quedó mudo y pensativo, olvidando que le miraban y que le oían, para proseguir
la conversación interrumpida después de los primeros cumplidos.
Dándose cuenta de este silencio, que ya resultaba poco cortés y saliendo con
gran esfuerzo de su ensimismamiento, dijo:
-Señores, perdonadme una emoción que debe asombraros, habituados a la paz y a la
felicidad que aquí encuentro, pero es para mí una cosa tan nueva la satisfacción
sobre un rostro humano, que no me canso de miraros a vos y a vuestro marido.
-Somos muy felices, en efecto, caballero -repuso Julia-, pero hemos sufrido
mucho y pocas personas habrán comprado su felicidad tan cara como nosotros.
La curiosidad se reflejó en las facciones del conde.
-¡Oh!, es una historia de familia, como os decía el otro día Chateau-Renaud -
replicó Maximiliano-; para vos, señor conde, avezado a ver grandes desgracias y
grandes alegrías, tendría poco interés este cuadro de familia. Muchos,
muchísimos dolores hemos sufrido, como os decía Julia, aunque estén encerrados
en este pequeño cuadro.
-¿Y Dios os ha dado consuelos para vuestros sufrimientos? -inquirió Montecristo.
Julia respondió:
-Sí, señor conde, podemos decirlo, porque hizo por nosotros lo que no hace más
que para los elegidos. Nos envió uno de sus ángeles.
Un intenso rubor cubrió las mejillas del conde, que tosió para disimular y se
llevó el pañuelo a la boca.
-Los que han nacido en cuna de púrpura y nunca han deseado nada -dijo Manuel-,
no saben lo que es la felicidad de vivir. Lo mismo que no pueden conocer el
precio de un cielo puro los que no han entregado nunca su vida a merced de
cuatro tablas arrojadas a un mar enfurecido.
Montecristo se levantó, y sin responder una sola palabra, porque sólo en el
temblor se hubiera conocido la emoción de que estaba agitado, se puso a recorrer
el salón a largos pasos.
-Nuestra magnificencia os hace sonreír, señor conde -dijo Maximiliano, que le
observaba atentamente.
-No, no -respondió Montecristo, muy pálido, y conteniendo con una mano los
latidos de su corazón, en tanto con la otra mostraba al joven un fanal, bajo el
que reposaba un bolsillo de seda sobre una almohadilla de terciopelo negro-.
Estaba pensando qué significa este bolsillo, que en un lado contiene un papel,
me parece, y en el otro un hermoso diamante.
Maximiliano adoptó un aire grave y respondió:
-Este bolsillo, señor conde, es el tesoro más preciado de nuestra familia.
-En efecto, este diamante es bastante hermoso -repuso el conde de Montecristo.
-¡Oh!, mi hermano no os habla del valor de la piedra, aunque está valorada en
cien mil francos, señor conde. Quiere solamente deciros que los objetos que
encierra ese bolsillo son las reliquias del ángel de quien hablábamos hace poco.
-No entiendo lo que decís, y sin embargo no debo preguntároslo, señora -replicó
el conde de Montecristo inclinándose-; perdonadme, no he querido ser indiscreto.

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